julio 29, 2009

Ángel

Abro los ojos y aparece un ángel. Enorme, hermoso. Una luz se tuerce detrás de sus alas y me deslumbra. No dejo de temblar cuando me abraza. Ahora sé que lo había esperado cientos y cientos de años. Sus manos blanquísimas me acarician la espalda como un par de nubes de primavera. Su pecho escucha atento el ritmo del mío. No sé cómo, me hace llama entre sus brazos sin quemarlo. Soy incendio que Ilumina la habitación en un instante. La sombra de mi silla desaparece. La de sus alas.

Juntos, abrazados, ángel y yo somos una criatura descomunal, luminosa, poderosísima, capaz de abrir y cerrar cielos, crear multitud de soles, mover los rayos de la luna fuera del mar, ser el mar entero. Y la luna. Y las flamas que desprende el mediodía.

En silencio, el ángel se despega de mi pecho y se lleva un trozo de mi carne. Las sombras vuelven. El ardor. Él anuncia su partida y extiende sus alas. En ellas descubro pedazos de piel seca llenos de letras pequeñitas. Miles de historias inconclusas. La mía, demasiado fresca, mancha de rojo su ala izquierda. Y la olvido completa cuando, ya en el aire, el ángel cierra mis ojos de un soplo.

julio 19, 2009

Alma gemela

Vienes a mí hecho pregunta. Desnudo, abierto como una mano que ansía ser leída. Aunque lo nuestro dure siempre, no hay futuro, lo sabemos. Sólo estos momentos que se extienden en tus ojos como falsas promesas, siempres, nuncas, luces de Bengala en un cielo de cartón.

Acercas tu boca, te beso, y nos sorprende el lenguaje apurado de los cuerpos donde todo coincide: los latidos, la sangre agolpada, el contorno carnoso de las bocas. Como la mirada de nuestra madre esta mañana, el filo de luz que penetra entre las cortinas se empeña vanamente en separarnos.

Sobre una cama anónima, lejos de casa, de mamá, festejamos nuestro cumpleaños: hacemos el amor toda la tarde con la certeza de volver a ser uno, como los fuimos hace dieciséis años, dos horas y unos cuantos segundos.

julio 13, 2009

Penélope

Ella caza frases. Se sienta en su balcón y espera. De pronto aparecen tres o cuatro y tiene que apurarse para que no se le escapen. Las atrapa con una red finísima y luego las suelta sobre la hoja. No las diseca, ni las fija con alfileres. Ellas vuelan hasta cansarse y encontrar su sitio. Algunas frases se van porque no hallan acomodo entre los huesos del papel. Otras se montan al lomo de su ojo, o de su oreja, y se pelean por ser la frase final de la historia que ella ha ido tejiendo. Pero el final no llega nunca.

Lo cierto es que a ella no se le miran intenciones de acabar su historia. La gente que pasa y la ve en el balcón observando alguna partícula invisible en el aire dice que está un poco loca; los magos y viejos aseguran que lo suyo es esperar, cazar frases, soltarlas sobre el papel, verlas revolotear o huir, y tejer con sus ruidos y silencios una porción del infinito.

julio 02, 2009

Dos jardines

© Amitla Cuacuas Marcué

Para Amitla

Todas las tardes, el pintor sale a regar su flor. Le platica todo lo que hizo durante el día, a quién se encontró, cuáles son sus planes, en qué cuadro está trabajando. Una vez por semana le limpia sus hojas, le remueve la tierra, le pone un poco de abono. Sólo tiene una flor. Dos árboles y unos arbustos la acompañan. Su vecino, en cambio, tiene muchas. Le gusta la variedad y la abundancia: rosas, jazmines, azucenas, margaritas. En su jardín, apenas hay espacio para caminar entre todas ellas. Tres aspersores las riegan y un jardinero las poda dos veces por semana. De vez en cuando, el vecino elige una como favorita. La cuida y riega él mismo, la acaricia a diario, le da brillo a sus hojas. Nunca le habla. Cuando se ve más hermosa, la corta y se la lleva a su casa. Las otras, desde la ventana, la ven con envidia morir en un esbelto florero de cristal.

El pintor, en nueve cuadros y muchísimos bocetos, tiene en casa a su flor. Le gusta pintarla en diferentes momentos del día, capturar su color en primavera y su madurez en temporada de lluvias. El vecino, que no entiende por qué sólo una habiendo tantas y tan bellas, le ha pedido retratos de las suyas. El pintor ha puesto sólo una condición: que elija aquella que podría ver todos los días sin aburrirse, aquella cuya belleza y encanto fueran suficientes para llenarle de color todas las noches. El vecino lleva meses decidiendo. Corta varias, las observa desde su cama, al amanecer, antes de dormir, y cuando elige una, ya está a punto de morir, y vuelve a su búsqueda.

Llega el invierno. Dicen que será el más frío en décadas. El pintor remueve la tierra, pone abono especial y cubre la flor. Ha creado un pequeñísimo invernadero en su jardín. El vecino prefiere buscar el sol: se va a pasar las vacaciones a la playa.

Caen heladas, granizo. Todos las mañanas, el pintor sale a ver su flor, quita el hielo, renueva el plástico que la cubre. Triste, impotente, observa al jardinero del vecino recoger hielo y cadáveres dos veces por semana.

A su regreso, el vecino encuentra sólo matorrales y hojas podridas en su tierra. No le queda ni una sola flor. Ni siquiera en un cuadro.