Abro los ojos y aparece un ángel. Enorme, hermoso. Una luz se tuerce detrás de sus alas y me deslumbra. No dejo de temblar cuando me abraza. Ahora sé que lo había esperado cientos y cientos de años. Sus manos blanquísimas me acarician la espalda como un par de nubes de primavera. Su pecho escucha atento el ritmo del mío. No sé cómo, me hace llama entre sus brazos sin quemarlo. Soy incendio que Ilumina la habitación en un instante. La sombra de mi silla desaparece. La de sus alas.
Juntos, abrazados, ángel y yo somos una criatura descomunal, luminosa, poderosísima, capaz de abrir y cerrar cielos, crear multitud de soles, mover los rayos de la luna fuera del mar, ser el mar entero. Y la luna. Y las flamas que desprende el mediodía.
En silencio, el ángel se despega de mi pecho y se lleva un trozo de mi carne. Las sombras vuelven. El ardor. Él anuncia su partida y extiende sus alas. En ellas descubro pedazos de piel seca llenos de letras pequeñitas. Miles de historias inconclusas. La mía, demasiado fresca, mancha de rojo su ala izquierda. Y la olvido completa cuando, ya en el aire, el ángel cierra mis ojos de un soplo.




