junio 21, 2009

Metamorfosis

© Monserrat Loyde


A Monse, un sueño.

Abro los ojos y me sorprende ver flores y plantas enormes a mi alrededor. Respiro: sí, huele a hierba y a sol, a néctar de flor recién abierta. Sacudo la cabeza y las lagañas caen: el paisaje es glorioso. Pétalos rojos, morados y lilas salpican los dedos verdes del prado. Intento recordar dónde estoy, cómo llegué aquí. Lo único que la memoria me trae, con cierto ardor en la piel, es la pesadilla que siempre sueño, que seguro soñé anoche: mi cuerpo, devorado por una enfermedad terrible, se deforma: me crecen bolas, se me caen las piernas, los brazos, termino como una oruga gigante soltando grandes cantidades de una baba espesa. Sólo de recordarlo siento mi espalda pegajosa. Me da picazón, quiero rascarme pero no alcanzo a mover mis manos. No las siento. Los brazos me pesan como si llevaran dos telas mojadas colgando. Una mariposa amarilla, enorme, se acerca:

—Aún no terminan de secarse tus alas.

Muevo con fuerza lo que debieran ser mis brazos y las veo: blancas, delgadas, con un filo negro en la orilla y un lunar en cada lado.

—¿Estoy soñando?

La mariposa ríe y mira hacia un punto en el cielo, quizá su destino:

—Todas nosotras somos sueños. Los sueños en los que se convierten las más fieras pesadillas.

Mueve sus alas con cierto orgullo, y vuela.

junio 16, 2009

La casa amarilla

©Dante Busquets, Calle Rosario, Gijón.

A Dante por la calle, a Cane por el duende.

En la casa amarilla duerme un duende. Todos lo saben en la calle Rosario, por eso pasan de puntitas frente a ella; callan como si temieran despertar a un muerto. Aún lejos, al escuchar el repentino silencio, uno puede adivinar a qué altura de la cuadra va un grupo de jóvenes que regresa del bar. Amanece. El tiempo se desgrana como reloj de arena en una torre imaginaria. El pueblo todo contiene la respiración unos segundos. ¿Despertará? Se preguntan los despiertos. Las aves retuercen sus alas y gargantas. Nadie puede callarlas. El sol apenas asoma uno de sus dedos y todos sienten alivio, los que sueñan y los que miran sus relojes. El duende sigue dormido y Rosario, la calle completa, se va poblando de pasos y rutinas. Un par de niños, los más curiosos, se quedan un rato adivinando detrás de qué ventana está el duende. Uno de ellos intenta arrojar una canica y el otro lo detiene. No quiere despertarlo. Dicen que es travieso y necio como un huérfano, que enojado destruye todo cuanto ve, que deshizo autos y puertas en un berrinche, y sólo Yamín, la niña rara de la casa amarilla, fue capaz de calmarlo, lo tomó de la mano y se lo llevó. Desde entonces vive en su casa. Ella dice que es bueno, que duerme, y se queda con él cuidando su sueño. No va al colegio ni juega en la calle. De vez en cuando se asoma con el índice cruzando sus labios si los niños se olvidan y gritan o pasan riendo. Los padres dicen que no existe, que su hija desapareció a los nueve años cuando un loco destruyó los autos y las puertas alrededor del parque donde Yamín jugaba. Todos en la calle Rosario piensan que el duende, antes de dormir, enloqueció a los pobres viejos.

junio 07, 2009

Construcciones sobre el ojo


Construcciones sobre el ojo No.5 Edgar Ladrón de Guevara

En este pequeño cráter cabe el orbe entero. Algo en sus bordes da vértigo, perturba. Parece un hoyo negro en medio de la carne. Un grito mudo. Tal vez es la boca del ojo, la fuente de todas sus tristezas. O quizá el sexo abierto de un cuerpo que espera. Es todo lo que podemos ver, lo que imaginamos, lo que nunca habíamos visto.

Tomar una fotografía es resaltar un instante o un detalle que para otros ha pasado de largo, ese doblez en la vieja cortina de un teatro, o los pliegues de la sombra cayendo como lluvia sobre un muro rugoso. Pero lo cierto es que en la fotografía, aunque nos muestra un trozo de realidad, hay siempre invención: el fotógrafo descubre y en su encuadre compone. Vemos lo que él nos muestra, lo que su ojo busca y, al encontrar, construye. El encuentro con el instante, con el detalle, nunca es totalmente fortuito; y Edgar Ladrón de Guevara lo sabe de sobra, por eso no sale a las calles a cazar arrugas en el asfalto ni a buscar atardeceres en los rostros del metro. No, Edgar nos muestra que cada ojo crea sus propios universos, que no hay azar ni fortuna en la mirada, sólo, tal vez, como decía Stravinsky, el “presagio de un descubrimiento”. No le interesan retratos ni líneas que sean límites: los ojos que construye no tienen contornos, se expanden o compactan, se pulverizan como tierra en la ventisca.


Construcciones sobre el ojo No.1 Edgar Ladrón de Guevara

2

A punto del beso, o quizá del sueño, un pensamiento dulce cierra el ojo. No se ve mucho más, sólo el trazo de pestañas muy juntas y el montículo que guarda la esfera ocular con su cámara minúscula. La piel terrosa del párpado es la manta de ese ojo, casi dormido que, sospechamos, algo mira por dentro. Y nosotros no podemos dejar de observarlo. Algo en él nos seduce. Tal vez lo que nos oculta: su transparencia, el color y la opacidad de sus deseos. Este ojo tiene esa belleza peculiar de los momentos amorosos, ese misterio que crece en toda entrega. No sabemos cómo, al verlo, sentimos su respiración, el ritmo suave de sus afectos. Y esa es una de las mayores cualidades de Ladrón de Guevara: en cada una de sus piezas podemos percibir el ritmo de un instante, descifrarlo como frase de un poema sinfónico. Porque él no piensa en imágenes aisladas, crea lienzos completos engarzando piezas que narran distintos latidos de la vida. Estos ojos, sembrados en línea, son eso, un poema sinfónico, parece que inspirado en una pesadilla. Dice que una noche soñó extrañas figuras que lo acechaban, no podía distinguir sus elementos pero sabía que eran ojos. Así nació la idea de formar esta instalación de pestañas, lacrimales, párpados. Fotografías antifotográficas, unas veces explícitas, otras, tan abstractas que apenas si reconocemos en ellas algo humano. Ojos a detalle que Ladrón de Guevara fue construyendo, tratando con diferentes colores buscando en cada uno su tono vital, su textura anímica. A veces es obvio lo que mira, lo que nos mira, otras nos extiende indescifrables mapas de sombras, agujeros negros donde caer.

(Artículo publicado en Este País, junio, 2009)