mayo 31, 2009

Flecha rota

A Mayán, por supuesto.

Viene como una flecha rota: zigzagueante, impreciso. Lo dejo acercarse, decir unas palabras, tropezarse con mis ojos. Sonrío. Él cree que es una señal y me toma el brazo con sus dedos fríos. Lentamente retiro su mano. Sonrío de nuevo. Por supuesto él cree entenderlo todo y me da su tarjeta:

—Llámame.

*

Llego tarde a la boda. Me conduzco hacia el único lugar disponible en una de las mesas del fondo. Al acercarme, escucho mi nombre. Es él que está sentado a un lado de la silla vacía. Me saluda efusivo. Platicamos del único tema común: los novios. Antes del postre me toma la mano. Habla de mi voz, de mi extraordinario cuello. Imagino una jirafa enronquecida y decido marcharme. Con la seguridad de que será bien recibido, se aproxima. Titubea. Me da un beso. Sus labios secos arañan mi mejilla.

—Llámame

*

Después de tres meses, nos volvemos a encontrar. Me saluda con el entusiasmo de quien ya conoce el lado tibio de mis sábanas. No me extraña. El amigo que lo acompaña parece entender ese mensaje y me estrecha la mano por más tiempo del que debiera. Los dos me dicen cosas que imaginan interesantes mientras cada uno cree descifrar con certeza los símbolos de mi sonrisa. Antes de marcharse, el amigo me dirige un guiño mientras él se despide muy cerca de mi oreja:

—Llámame.

*

Alguien me observa. No distingo bien su rostro. Las sombras móviles del bar parecen cambiarle cada segundo el gesto. Se acerca. Lo reconozco pero no le digo nada. La horizontalidad de mi boca lo hace titubear:

—¿Te acuerdas de mí?, nos conocimos hace dos años, en un concierto.

Mi memoria se ríe y pierde su nombre. Él lo pronuncia dos veces con la certidumbre de que ya no se me olvidará jamás. Me explica algo de sus trabajos. Saca una tarjeta, escribe números, direcciones, arrobas y me la da:

—Escríbeme.

*

Abro mi agenda. Paso de un nombre a otro recordando caras, señas particulares, voces. Miro el teléfono. Al hojear de nuevo la libreta, cae una tarjeta al suelo: números, direcciones, arrobas. Marco. Él me contesta algo asombrado. Hablamos sobre el concierto, sobre los novios: ¡ya cumplieron dos años de casados! Reímos. Lo invito a mi recital. Lástima, el viernes tiene un compromiso de trabajo. El siguiente fin de semana estará muy ocupado. Tal vez en quince días:

—No dejes de llamarme.

Cuelgo.


mayo 26, 2009

Uñas


Mónica no quiere salir. Se mira las uñas como si en su irregularidad encontrara las respuestas del universo. Y sí, encuentra una: la feminidad nunca le llegó hasta ahí: odia el barniz y las limas y las tijeras especiales para cortar la cutícula. No sabe por qué (esa respuesta no la ha encontrado aún) pero siempre ha asociado el esmalte en las uñas con la proclividad al desliz, las diminutas faldas de leopardo y los escotes prominentes. Nada que ver con el atuendo de todas sus amigas que se hacen manicure cada semana, y cambian de color según la temporada, el evento o la pareja. Pero lo que más le molesta es el tamaño. De las uñas, por supuesto. Mónica no soporta que le crezcan. Una, dos o tres veces por semana, según el nivel de neurosis, el corta uñas cumple puntualmente su función. Ella nunca se las come, pero sí se arranca los pellejos. A veces se le hinchan los dedos, le sangran. Entonces sabe que es hora de ver a Tin Tan o de ponerse a bailar como Vitola.

Mónica escribe todo esto y se ríe. Qué tonterías se le ocurren con tal de no decir nada. Nada importante: lo que siente por aquella sonrisa, lo que piensa del silencio o de las tardes inútiles, de la escritura y sus aburridas historias. No, Mónica no quiere salir. Hoy prefiere verse las uñas, sacar la mugre de un lugar preciso, cortar y concentrarse, al fin, en no hacer ni decir absolutamente nada.

mayo 16, 2009

Murmullos de Juan Rulfo


Foto: Rogelio Cuéllar

A mi padre, admirador de Rulfo, en el cumpleaños de ambos.

Dicen que no nació donde nació, que a él le gustaba esconderse en sus historias. Sí, dicen que Juan Rulfo era una aparición de Juan Rulfo, por eso se inventaba biografías. Otros aseguran que no, que era una ánima en las calles de Comala que le dio por escribir el aliento de los muertos. Y de los vivos que aún no saben que están muertos. Y de todos los ruidos del dolor y de las ganas en el tallar de los cuerpos. Dicen que miraba mucho el cielo y que ahí encontraba las figuras de sus difuntos, que se quedaba horas sentado en una piedra escuchando los chillidos del aire entre las rocas. Dicen que era callado, que sólo entre silencios y murmullos se movía, pero otros dicen que no es cierto, que colgaba frases lapidarias por todas partes, como quien sabe de los rumores de las sombras y los reparte entre la gente.
Dicen que escribía con la tierra entre los dedos, arañando los huesos enterrados, siguiendo las huellas del sol sobre los muros. Lo cierto es que sus historias nos abren el tacto de la mirada, la vista del oído, nos meten el paisaje seco entre los huesos, nos arrastran por la tierra, nos muestran, así como si nada, en una puerta, en el filo de una arruga, el perverso rencor del tiempo.
Hay quienes dicen que Rulfo era de esos escritores que ni en sueños uno puede seguirles el rastro, que su voz se nos queda pegada, pera nadie es capaz de pronunciarla.
Algunos aseguran que Pedro Páramo le quebró los dedos, que el sol de Comala le quemó las letras. Pero la verdad es que él seguía escribiendo, hablando con sus fantasmas, viviendo con los ojos y el tacto y la garganta a la altura de su cielo. Y retrataba los chorros de luz sobre una piedra, los tejidos de un tronco, la sonoridad de una tumba. Dicen que le gustaba mirar de cerquita la edad de los muros, la piel delgada de una hoja, la rugosa superficie de un gesto. Hay quienes aseguran que murió hace casi veinte años, pero algunos juran que a Rulfo se le ve en ese andar a tientas por el aire, en nuestro esquivo caminar por la penumbra entre alegres calacas de azúcar y amaranto. Porque los muertos regresan para decirnos que aquí no pasa nada, que aquí no vive nadie, que todos somos espectros, apariciones de un tal Juan Rulfo.



mayo 10, 2009

Herencia

Esa noche, tu reloj de pulsera se detuvo justo en el momento en que entraste a la vecindad. Antes de dármelo, lo miraste: 7:15 p.m. Sabías que a esas horas el hombre, tu hombre, al que nunca quise llamar padre, estaría ya borracho. Y sí, lo estaba. Desde el patio se escuchaban los gemidos. Al subir, lo vimos golpear la puerta con los puños, como si en la madera  estuviera estampada la imagen del zurdo ése que le tumbó de un trancazo los dientes y su título de peso gallo.  Tú te quedaste en la escalera para mirarlo trastabillar, sonrojarse, maldecirte. Sonreías: quizá pensabas que terminaría demasiado cansado para echársete encima. Yo, con mis seis años, parada detrás de ti, no entendía tu pequeña venganza. 
El hombre seguía gritando mientras, a sus espaldas, jugabas con las llaves. Sabías que él no venía por ti, sólo por su asquerosa dentadura con incrustaciones de brillantes y oro que desgranaba a cambio de los tragos. Mucho tiempo después entendí por qué dejabas el vaso con sus falsos colmillos muy cerca de la ventana y te divertía verlo arañar el vidrio, implorándote. Pero esa noche, él rompió el cristal de un puñetazo y con torpes movimientos trató de recuperar su orgullo bucal. Lo único que obtuvo fueron vidrios incrustados en el brazo. 
Tú lo viste caer, manchar con su sangre el desgastado “bienvenidos” del tapete. Lo oíste gemir y, sin mirarlo más, brincaste su cuerpo y entraste a la casa. Yo me quedé quieta, mirando cómo sacabas la dentadura del vaso y metías algo de ropa en una bolsa. 
Nos mudamos lejos. Otras casas, otros pueblos, otros hombres no borraron la memoria de los golpes. ¿Cómo podía olvidar si a donde quiera que íbamos llevabas entre tu ropa los malditos dientes? Yo sabía que no valían mucho —ni siquiera creo que alcancen para pagar tu entierro— pero tú te empeñabas en guardarlos: Son tu herencia, me decías. 
Ahora que leo el improvisado testamento que me dejaste en una hoja de libreta, junto a la dentadura, al fin comprendo que te fueron útiles: “No los vendas, enséñalos a todos tus hombres y nunca nadie te hará daño”. 

mayo 06, 2009

Epidemia

Los semáforos van del verde al amarillo, del amarillo al rojo con el monótono y desincronizado ritmo de siempre. El metrobús ya no atropella a nadie. La gente no se amontona en las paradas ni se aplasta en los cristales de las puertas de los metros. Los taxis no pelean con los micros, los micros con el mundo. No hay autos en doble fila. Ningún embotellamiento. No se escuchan cláxones ni recordatorios familiares en los cruces. Sólo se oye el viento, los pájaros curiosos y el gis de un radio que alguien olvidó apagar. El Circuito Bicentenario luce inútil, desnudo, su nuevo concreto. El aire es transparente como en los tiempos de Fuentes. Hace días que no hay robos. Ningún policía. Todos huyeron. Todos. De la epidemia, de la ciudad, del país. Aún pueden verse en las carreteras, cerca de la frontera, a los más rezagados. Muchos ni siquiera enterraron a sus muertos. En hospitales y casas, sobre las camas sucias, perros, cucarachas, gatos, moscas y ratas se reparten los cuerpos. Ningún cerdo. Los pocos que algunas personas engordaban en sus patios, se comieron los restos de sus dueños. Todos murieron de influenza humana. No hay animal que se trague sus cadáveres.