marzo 30, 2009

Desde el laberinto


A Salvador Elizondo, in memoriam


Con la minuciosidad y soltura de un cirujano, el grafógrafo escribe. Escribe que escribe. Que se ve escribir que escribe. Que se imagina escribiendo que se imaginaba escribir que escribía. Y yo que lo veo todo desde aquí, desde esta pantalla luminosa que me ciega, me pregunto ¿qué laberinto construye su escritura? No hay salida, parece decir entre dientes al ritmo lento y seguro de su pluma fuente. No hay salida, repite. Sí, oigo su voz nítida, traviesa. Supongo que habla consigo mismo; no puede verme, no puede saber que estoy aquí detrás, espiando sus letras, su nuca, las ideas que han traducido sus dedos. Este laberinto no tiene salida, dice, y como si leyera lo que pienso, deja la pluma y voltea. Me mira fijamente con esos ojos chiquitos que juegan a ser serios detrás de los anteojos. La imagen de mi cuerpo desnudo, abierto, aparece en los enormes y redondos cristales de sus lentes. Él percibe mi miedo y sonríe, extiende la mano: Ven, asómate, éste es un laberinto de tiempos, de instantes que se viven en distintos parpadeos del reloj. Acerco mis dedos a la pantalla como si fuera a tocar los suyos, y los toco. La palma entera. Ven, dice, no temas. Déjate conducir. Estoy aquí para tu bien y sólo se trata de un instante.
El grafógrafo me aprieta la mano, me jala, siento un tirón en todo el cuerpo.


marzo 23, 2009

Grandes

Alguien llama a la puerta. Los dos se miran asustados. Ella quiere esconderse debajo de la cama. Él, salir como si nada hubiera sucedido. Los dos saben que hay algo malo en estar ahí dentro. Encerrados. Como grandes. Y en el cuarto de la abuela. Con la abuela que los sorprendió jugando como grandes. Y se asustó. Y ahora no quiere despertarse. Los golpes hacen temblar a la puerta. Y a sus pechos. Del otro lado se escuchan sus nombres. Reconocen una voz. Luego otra. Tienen más miedo que antes: la mamá y la tía de ella, la tía y la mamá de él tocan, gritan, amenazan. Si abren, el castigo será grande. Si no lo hacen, tal vez mayor. Ella recoge todo lo que puede, un par de anillos, las siete pulseras igualitas que usaba su abuela de joven, la pañoleta amarilla. Él abre la ventana, se asoma: No hay nadie, le dice. Ven. La toma de la mano, le da un beso rápido en la mejilla, saltan. Nadie ve a los dos niños correr por la calle. Nadie escucha los gritos de dos mujeres, la madre y la tía, la tía y la madre, las hermanas que abren la puerta y sólo hallan el cuerpo de la abuela, su madre, tirado sobre el piso, la ventana de par en par, el silencio que habita en una casa sin niños.

marzo 17, 2009

Hermanas



Foto: Aurelio Asiain

Para Lucinda

Me han crecido dos hermanas en el sueño. Ellas dicen que todo se abre y cierra en la cabeza, que ahí nacen los pájaros negros y los incendios, pero también las sonrisas de dentro y las semillas de todos los universos. En las noches aparecen y me enseñan a descubrir estrellas en las pisadas y en las sombras, o a descifrar la música del agua. Tan pronto llegan, nos volvemos todas niñas y jugamos a ser viento, río, hojas rojas hasta el amanecer.
Una se llama como yo y es blanca, blanquísima, ligera como algodón de azúcar. La otra lleva en la mirada pequeños navíos que uno, si trae faros en los ojos, puede montar y recorrer con ella la paz que flota en las aguas después de una tormenta. No sé cómo aparecieron, qué aire dulce las trajo aquí dentro, pero me hacían falta. Desde que me visitan en el sueño, y soy niña, y ave, y hoja roja, amanezco contenta, liviana, sin la sombra de todas las ausencias en la piel, las que se tatúan debajo de los ojos, dentro. Tal vez, un día, ellas dejen de venir. Pero ya no me dan miedo las despedidas silenciosas. Cuando las necesite, las iré a buscar. Ahora sé que en el aire y en el sueño vivimos para siempre.

marzo 08, 2009

Espera

Nadie llama. La sangre ya está seca sobre sus muslos. Lena no quiere moverse. El cuerpo le duele, pero hay algo más profundo que la tortura. No quiere dormir. Cada quince minutos, encaja las uñas sobre sus brazos amoratados para ahuyentar el sueño. Tampoco quiere pensar: teme que la voz, su propia voz, se le suelte dentro y no la deje escuchar el timbre. Pero nadie llama. Pasa una hora. Dos. Mira el techo como si buscara en el mapa trazado por la humedad y el polvo las palabras que espera oír. Está cansada. Los párpados hinchados quieren caer. Lena los sostiene con los dedos unos segundos y dos lágrimas le mojan las orejas. Tres horas. Nadie llama. La sangre, como el pulso del reloj, camina lenta dentro de sus venas heladas. Siente frío. El asco del último beso le escurre como un hilo de hielo por la boca. El cuerpo se le entume, se hace silla sobre la silla dormida. Las manos, mariposas violentas que estrella en su rostro, son la única señal de que hay en ella algo vivo. Cuatro horas y unos minutos: el timbre del teléfono le quiebra el oído y se clava como nido de alfileres en su carne. Los dedos torpes aprisionan la bocina. Sin voz, escucha a la hermana: Ha muerto. Lena mira el suelo manchado, el cuchillo. En un bostezo, se lleva todo el aire denso de la habitación. Se levanta, deja de ser mueble. Sus huesos crujen más que el piso de madera bajo sus pasos. Cuando llega a la cama, deja caer sus catorce años y el colchón tiembla, como tembló horas antes, cuando su cuñado le cayó encima con los puños y su sexo erguidos. Él ha muerto. Lena por fin duerme.

marzo 02, 2009

Clip


Foto: Jorge Hernández Tinajero

El dios del metro no sabía qué hacer. Las escaleras llevaban días haciéndole la vida imposible: en plena hora pico se les antojaba estirarse, tronar los escalones como dedos, sacudirse los pies de los usuarios y tirar a más de uno. La gente creía que eran temblores oscilatorios, tan comunes en la zona, y se aferraba a las paredes hasta que los peldaños se aquietaban. Fueron varios los luxados. Ningún hueso roto, gracias a dios, al buen dios del azar que siempre le echaba una mano. Y él, el del metro, se lo agradecía. Sólo él porque a todos ellos, los verdaderos dioses, nadie los ha reconocido nunca: el dios del drenaje profundo, el del alumbrado, el del tráfico, el de los jardines y plantas. Nadie les reza, no tienen templos. Y ellos no pueden entender que los humanos sigan creyendo en un sólo dios que vive lejos, en un cielo que nada tiene que ver con el cielo. ¿Cómo creen que se mantendría esta ciudad, este planeta con un par de ojos vigilando? Las labores son arduas y complicadas. La del dios del metro, por ejemplo, es vigilar que el transporte colectivo subterráneo dé un servicio eficiente y oportuno. Pero su trabajo se había visto alterado desde que a las escaleras les había dado por temblar hasta desarmarse. Más de una vez las encontró hechas resbaladilla a la hora de abrir las instalaciones.
Una tarde, mientras los escalones se acomodaban después de una sacudida, el dios vio a una muchacha recoger unos papeles que se le habían caído y apresarlos con un clip. Claro, un clip, pensó. Y con el arcángel herrero mandó a hacer uno gigante. Cuando se los mostró, a las escaleras les pareció muy cool su nuevo barandal y se lo pusieron con gusto. Pronto se percataron de que aquello era un gran grillete y los primeros días protestaron rechinando sus dientes y sus huesos. Pero, desde hace dos semanas, ya están quietecitas y el dios del metro duerme tranquilo. No sabe que en las noches las escaleras seducen al clip, bailan y se enredan felices en sus tubos. Han aprendido a ser discretas: en el día soportan las pisadas, escupitajos y orines de perro con tal de divertirse por la noche. Aunque a veces sienten celos de las manos que lo tocan, saben que en la madrugada, el barandal es todo suyo.