
A Salvador Elizondo, in memoriam
Con la minuciosidad y soltura de un cirujano, el grafógrafo escribe. Escribe que escribe. Que se ve escribir que escribe. Que se imagina escribiendo que se imaginaba escribir que escribía. Y yo que lo veo todo desde aquí, desde esta pantalla luminosa que me ciega, me pregunto ¿qué laberinto construye su escritura? No hay salida, parece decir entre dientes al ritmo lento y seguro de su pluma fuente. No hay salida, repite. Sí, oigo su voz nítida, traviesa. Supongo que habla consigo mismo; no puede verme, no puede saber que estoy aquí detrás, espiando sus letras, su nuca, las ideas que han traducido sus dedos. Este laberinto no tiene salida, dice, y como si leyera lo que pienso, deja la pluma y voltea. Me mira fijamente con esos ojos chiquitos que juegan a ser serios detrás de los anteojos. La imagen de mi cuerpo desnudo, abierto, aparece en los enormes y redondos cristales de sus lentes. Él percibe mi miedo y sonríe, extiende la mano: Ven, asómate, éste es un laberinto de tiempos, de instantes que se viven en distintos parpadeos del reloj. Acerco mis dedos a la pantalla como si fuera a tocar los suyos, y los toco. La palma entera. Ven, dice, no temas. Déjate conducir. Estoy aquí para tu bien y sólo se trata de un instante.
El grafógrafo me aprieta la mano, me jala, siento un tirón en todo el cuerpo.





