febrero 22, 2009

Espejo de feria


Foto: Jorge Hernández Tinajero

A Sony, ella sabrá por qué.



—Mientes.
Lo dice así, sin más preámbulos.
—¿A qué te refieres?, le pregunto con verdadera curiosidad.
—Tú sabes muy bien a qué me refiero.
—Pues no, no lo sé.
—¿Ves cómo mientes? Lo haces todo el tiempo.
Dejo de prestarle atención y continuo escribiendo.
—Ahora mismo escribes mentiras.
—Por supuesto, es un cuento de ficción.
—¿Y tú realmente lo crees?
Ya me empieza a exasperar.
—Dime lo que tengas que decir, o lárgate de una vez.
—Es muy simple. Hace poco afirmaste que nada de lo que escribes tiene que ver con tu vida.
—Y así es.
Su risa chillante me obliga a dejar el tecleado.
—Dices que no tiene que ver con tu vida y, sin embargo, en tu novela está el árido paisaje que durante tres años te enloqueció, los pasillos de la universidad, hasta la secretaria del departamento de lenguas.
—Sí, y también los ruidos de mi vecino, el hindú. Pero ninguno de los personajes principales es real, ninguna de las cosas que les sucede tiene que ver ni conmigo ni con nadie que conozco. Es más, las dos mujeres me parecen totalmente opuestas a mí.
—Pero a una, la más joven, la pusiste a nadar, a escribir, a mirar como mirabas tú los atardeceres.
—¿Y eso qué?
—¿Nunca se te ocurrió pensar que la gente la encontraría igualita a ti?
—¡Pero si pensamos y somos completamente distintas!
—Mientes. Lo dices en tus clases: toda ficción tiene algo de biografía. Aunque no lo quieras, el acto de escribir es un desnudarse.
—¡Por favor! No me vengas con esa perogrullada. Tú sabes perfectamente que siempre se me ocurren historias demasiado torcidas y perversas para mi vida tan simple.
—Ahora mismo te estás desnudando.
—¿Y te gusta lo que ves?
—A mí ni me va ni me viene. El asunto es si a ti no te importa que la gente te vea.
—¡Pero si no me ven! Y lo que escribo es puro invento. Salpicado de detalles, sí, muchas sensaciones, y algunos paisajes. Eso es todo. Y si alguien afirmara “Mónica escribe sobre sí misma”, no significaría mayor cosa. En el medio literario Mónica no existe.
—Pues mientes igual. Es lo que todos hacen. Todos los escritores, quiero decir. Y tú no eres la excepción. Prueba de ello, soy yo. Por más que lo niegues, escribes sobre ti.
—A través de mí, que es distinto. Lo que tú no sabes es que las historias me las cuentan un par de hombrecitos que me robé del refri del Bernal. Esos que le dictan a él sus cuentos terribles. Me los traje a escondidas, dentro de un bote lleno de gelatina que me regaló Doris, su esposa. Lo malo es que a mí no me creen su diosa y no me cantan. Tampoco me dictan esos maravillosos y escalofriantes poemas.
—¿Qué clase de estupidez es esa?
—Tú misma sales de sus bocas. Todas tus palabras me las dicta uno de ellos, y ahora quiere que te calle, que ponga punto final a este diálogo absurdo y me enseña un espejo. Es un pequeño espejo de feria. En él veo cómo mi cara se ondula, todo mi cuerpo se hace chiquito, soy una niña. Escribo: “Mi cara se ondula...” . Y el otro hombrecito crece, retrata a la niña a través del espejo. Y la niña se ríe y me dice
—Mientes.


(Para los que no crean que los hombrecitos del Bernal existen vayan aquí.)

febrero 13, 2009

Maderas (fragmento)

Sé que no leerás estas palabras. No sabrás de mí hasta mi muerte. Y aún después, todo esto que escribo no llegará a tus manos, no arañarán tus ojos sus letras desnudas. Al menos ese no es mi deseo.
Deseo. Vocablo tantas veces perdido en nuestra sed inagotable. Tantas veces pronunciado por tus largas notas tendidas al vacío. Todo parece haber vivido en un pasado remotísimo: tus labios, mi hambre, tu música, mi sombra. Y sin embargo vuelves aquí, a estas líneas, como has vuelto siempre a mi vida: sin presagios, abarcándolo todo, adivinando la precisa necesidad que me apremia en este instante.
Recurro al papel como tú al escenario: para encontrarme a distancia, para ser otra, más visible, más soportable. Y también, es verdad, para, desde lejos, mirarte más de cerca, interpretarte completo como interpretarías, en vivo y sin ensayos, a Brahms. No con la misma intensidad, quizá, -han pasado muchos años- y sí, quisiera, con el mismo sentido de búsqueda, ese que sorprende a todos, que te lleva a descubrir sentidos nuevos, lenguajes inéditos en una frase mil veces repetida cuando ésta pasa por tus manos y la transforma. No sé cómo lo logras. Nunca lo he sabido con exactitud. Tampoco sé de qué forma me tienes aquí, escribiéndole a nadie cosas tuyas. Es curioso, como tú a Brahms, yo te sé de memoria: tus ritos diarios, las sombras que persiguen tus ojos distraídos, tu fascinación por el tacto femenino. Sin embargo, no alcanzo a comprender cómo es que mis oídos aún escuchan en el mundo los ruidos de tu cuerpo.
No hay explicación posible, solías decir cuando yo trataba de definir el extraño trazo que nos unía. Entonces no sabía, no quería saber que esa línea me ataba a mí solamente. Tú andabas suelto por la vida, tal como andas ahora, como has andado siempre. Aún casado. Tu nueva esposa no se imagina que tiene un pájaro encantador en una jaula de aire, que con su canto atrae las aves más difíciles, las más exóticas, las más distantes. Y a cada una la convierte en insólita musa para componer a todas la misma pieza. Mientras ella, tu esposa, seguramente te espera hasta tarde, sola, con un té de limón y azahar para procurarte el descanso que tanta falta te hace después de una fatigada gira de conciertos.
Muchas noches me pregunté por qué ella y no yo. Ahora me alegro de no ser quien espere en la cama vacía semanas enteras. Quien mire al techo buscando tu perfil recortado en una mancha y escuche tus discos una y otra vez envenenando el aire con los sonoros rastros de tu ausencia.
Hasta hace muy poco yo también te escuchaba, es verdad. ¿Cuántas madrugadas no me perdí enredada en tu preludio? ¿Cuántas no fui el violín que reventó su cuerda en aquel tango de Piazzolla? Ya no te escucho. Aún me duele saber que ahí están, guardados en cajitas, los caprichos y asombros que tus dedos multiplican.
Sigo escribiendo como si me escucharas. No sé bien porqué. Tal vez hay una parte de mí que quiere hablarte, decir todas las cosas indecibles, construir frases contundentes que te despierten de un sólo golpe. Pero sé que eso es imposible. No hay voz que te perturbe más que la de tu propio cuerpo, incluso las brillantes y melancólicas voces que sacas del violín no son sino el lúcido eco de esa voz carnal que te recorre.

febrero 01, 2009

Candelaria

A Cane que me pidió un cuento para regresar.

Era un juego. Sólo eso. El tipo de Internet la invitaba a escribir veinticinco cosas sobre sí misma al azar. No importaba qué. Empezó por describir la más obvia de sus características físicas: su tamaño. Era bajita. Muy bajita. Se perdía fácilmente en la cama y sufría entre la gente del metro. Su horizonte eran nalgas, hebillas y bultos. Luego siguió con las orejas, las piernas y los dientes. Grandes, delgadas y amarillos. Borró. Atentas, torneadas y parejos. Quiso verse intelectual y escribió sobre el primer libro que había leído: Mujercitas. Y se siguió como hilo de media: el primer disco, el primer novio, la primera fiesta. Ahí se detuvo a recordar: su primera fiesta, su primer beso, el sabor a nuez en la boca. Un dos de febrero.
Iba ya por la veinte, cuando le pareció escuchar la voz que siempre le abría los apetitos: “Riiicos tamales oaxaqueeeñooos, calientitos...lleve sus ricos tamales...”. Como tantas veces, a tropezones bajó las escaleras, abrió la puerta y le gritó al hombre. Éste dio vuelta a su bicicleta, se detuvo frente a ella y abrió el tambo humeante: ¿Rojos, rajas, verdes, de mole o de dulce?, preguntó. Ella sólo lo miraba sorprendida. ¿Qué no va a comprar, güerita? ¿Güerita? ¿Candelaria?
Antes de irse, el hombre le dejó una docena de tamales surtidos y dos besos con sabor a atole de nuez.
Ella terminó su lista:
25. Su primer hombre, un dos de febrero, veinte años después.


Nota: En México, tradicionalmente se comen tamales el dos de febrero, día de la Candelaria. Más información aquí.