enero 25, 2009

Ortodoxias

Era marxista. Usaba la mirada aguda en días de fiesta y la mezclilla a diario. Vestía con anteojos su cara de luna para mirar mejor el suelo; nunca tropezaba, sus pasos precisos caían como imanes sobre la tierra.
Yo lo admiraba: excelente ensayista, luchador social, intelectual sensible. Quería conocerlo, saber si en sus palabras diarias brillaba la misma luz que en sus escritos. Un día, saliendo de su clase, me atreví: lancé su nombre ocultando, tras el morral y una amplia sonrisa, mi pinta burguesa, y él me respondió. Así comenzaron nuestros encuentros.
Todo se volvió intencional entre nosotros: sus libros, mis preguntas, su materialismo dialéctico. Una tarde, sus palabras desaparecieron en la elocuencia de mi boca y, sin definiciones ni trazados paradigmas, empezamos a compartir algo más que El capital.
Me gustaban sus anteojos y las ideas que salpicaba sobre mi frente, sus labios mojados apenas abiertos y la duda constante clavada en su rostro.
Habíamos salido un par de veces y su piel aún no se atrevía a enseñarme sus maestrías. Esperé unas semanas. Nada. Fui yo entonces quien abrió las puertas. Una noche, en medio de los besos, le desabroché la camisa poco a poco. La mezclilla parecía cosida a sus piernas, pero al fin cayó con todo y el frío que cubría. En un impulso, él me arrancó los botones de la blusa para mostrarme su tacto muy de cerca. Sus manos rehicieron mi espalda y mis pechos diez veces, luego bajaron y subieron por mis muslos hasta atorarse en el cierre de mi falda. Las ganas terminaron intactas en el piso.
La escena se repitió unos días más tarde. Esta vez se detuvo ante mi cuerpo abierto. No puedo, eres virgen, me dijo, y se vistió.
Por meses, odié mi carne fresca, sus contradicciones de clase, abrí mi lacrado sexo, y a muchos.
Él nunca lo supo.
Ya no es Marxista. Tampoco profesor. Es funcionario del gobierno y un buen esposo. Me ha dado una casa, un buen auto, dos hijos y un perro. Después de hacer el amor, siempre me besa en la frente y me llama su virgencita.

enero 19, 2009

Los cuervos

Desde hace meses, en mis ojos anidan pequeños cuervos. Los oigo, los siento moverse, casi los huelo. Si me esfuerzo, logro ver sus alas, sus picos diminutos. Cada día son más, y más grandes. Un día me aparecieron pequeños puntos flotantes como una migraña de luces negras. Poco a poco fueron creciendo, manchándome la vista. Hoy apenas logro distinguir este papel en el que escribo. El doctor me dice que estoy sana, el sicólogo, que esos cuervos están en mi cabeza, que son miedos, pequeñísimos telones que me esconden. Gotas, cápsulas, Bach y sus flores, Lacan y su espejo, han sido inútiles. Los pájaros negros siguen ahí, creciendo. Algunos ya aprendieron a volar en la órbita del iris; todo parece girar con ellos: la pata de la silla, mi pluma, yo misma. Hago un esfuerzo, quiero encontrar sólo manchas, temores ennegrecidos, los poemas que intenté quemar, los labios del hombre que nunca busqué, las palabras podridas en mi lengua. Pero no, ahí están, son cuervos miniatura volando en círculo como aves de rapiña. Y van bajando, me miran, me huelen, veo sólo picos, cada vez más grandes, más abiertos.

enero 12, 2009

Allá


Foto: Mario Daher

A mi amigo del desierto


Ya no llueve por allá, me dijo Tiburcio con tristeza. Todo se seca rapidito, hasta el agua de los cuerpos.
De veras que yo ya ni me acuerdo de aquellos rumbos, le dije, seguro que ni llegar sé. Ya ni de oidas me entero del Arenal, a nadie me encuentro, a nadie busco: de allá sólo se traen puras malas noticias.
Tiburcio siguió hablando: Los ojos se secan, nadie se acuerda de llorar, ni los viejos ni los niños conocen el agua del alma. Sólo se escuchan gemidos detrás de las puertas.
Allá no llueve nunca pero Tiburcio me lo vino a contar asustado, como si de un dia para el otro la tierra se hubiera tragado todos los cántaros de ese pueblo sin poros.
Él hablaba y hablaba. Sólo de oirlo se me agrietaron los labios. Me los quise remojar con agua de tuna. Cómo extraño el agua de tuna, le dije. Aquí sólo hay latas y botellas retornables. Tiburcio tragó saliva. Sí, yo también extraño el agua, me dijo, y siguió hablando. Yo le noté la nostalgia en la boca. Entonces dejé de oír sus palabras, sabía bien que aquel lugar, como él mismo, no se mueve al parejo que el reloj. Además, yo ni me acordaba de aquella gente, ni de la sed, ni de los ruidos que tanto le raspaban la garganta a Tiburcio.
De pronto se detuvo a media palabra y me miró; yo sentí miedo de verlo tan quieto, tragando saliva. Tengo sed, me dijo. Sí, yo también estaba toda seca pero no le dije nada. Tiburcio me adivinó cuando pasé la punta de mi lengua por mis labios. No, eso no sirve, le oí decir apenas y luego me pegó su boca y sentí sus surcos. Empezó a sacarme agua, mucha agua, como de un pozo profundo: ya ni quien se acuerde de la gente, de la sed, de esa maldita sed que evapora los líquidos del cuerpo.
Tiburcio se fue; me dejó empapada tres días y no volvió. Él sí es de allá, no puede vivir entre las aguas.

enero 05, 2009

Recuerdos de una infancia que no fue la mía


Foto: Nadia Baram


Recuerdo que ese día estabas triste. Primero te enojaste. Querías una bicicleta grande y plateada, como la de papá, pero ese no había sido un buen año para los Reyes Magos, y sólo te trajeron una pelota y un juego de té. Eso de jugar a la casita nunca te gustó, así que aventaste la caja con platitos y tacitas en el clóset, tomaste la pelota y saliste a la calle a llorar. Tú lo que querías era una bici, aunque fuera chiquita y con rueditas, de color rosa como el maldito balón que rebotaba al lado de tus lagrimones que salpicaban la acera. No sabías de dónde te salía tanta agua, tanta rabia: tenías ganas de golpear a Melchor y a Gaspar, reventarle un balonazo al que nunca te aprendiste su nombre. Cuando las gotas y el coraje se te secaron, te sentaste en la banqueta a mirar las bicicletas que pasaban. Xiao Wang, el niño que siempre se burlaba de tu forma de hablar, se acercó. Le preguntaste qué le habían traído los reyes y se empezó a reír. Te quiso quitar la pelota, pero la abrazaste con fuerza. Tonta, en China no hay reyes, te dijo, y se fue. Sin entender muy bien, te volvió la rabia. Preguntaste. A ti te traen juguetes porque mamá es mexicana, te contestó papá. Ese día comprendiste que eras mitad distinta, y algo de eso te gustó. Pero seguías triste y papá, para alegrarte, te subió en su bici y te llevó a dar la vuelta. En un semáforo, aferrada a la pelota rosa, como yo a mi cámara, te vi con tu cara de puchero, te saludé y entonces me acordé de todo: el olor de papá, la sensación de ir en la parrilla trasera donde cada piedrita me hacía brincar como si pasáramos por un montón de pequeñísimos topes, la lisa textura del balón, la muchacha media extranjera que, en una esquina, allá en México, me saludó como si hubiéramos jugado en la misma calle, los mismos juegos y, antes de que arrancáramos papá y yo, nos tomó una foto.