diciembre 30, 2008

Umbral


Fotografía: Jorge Hernández Tinajero.


A Ricardo Bernal


Fue ahí, en el quicio de tu puerta donde se atoraron todas mis huidas. Ahí me encontraste hace meses recogiendo unas monedas, un espejo, las llaves que te robé, el retrato de mi madre y mis ganas de escapar regadas en el piso: el último de mis intentos, como mi bolso, se me había caído en el umbral.
Al día siguiente, lo recuerdo bien, compraste un gran espantapájaros y lo colgaste del techo, muy cerca de la puerta: para que no entren los malos sueños que te revuelven la cabeza, me dijiste. Pero no, esos ya estaban dentro y tú lo sabías.
Nunca supe por qué, pero ese día me empezaste a acariciar distinto, con las manos abiertas como quien roza una divinidad y no se atreve a despertarla. Semanas después llegaste a decirme que no querías manchar mi carne con los líquidos turbios de tu cuerpo y me tendiste en otra cama. No me necesitabas más que para adorarme, como se adora a una virgen de ojos tristes: a distancia, con piedad y compasión.
Desde ese día me ausenté sin marcharme. Había logrado burlar al espantajo colgado del techo que no consiguió asustar ni uno sólo de mis pájaros. No te veía ni te escuchaba, sólo sonreía de vez en cuando para que no sospecharas.
Tú no lo sabías, pero yo no estaba ya cuando martillabas los clavos sueltos de la repisa, y del tablón más alto, te cayó encima mi gran elefante de la suerte. No te escuché pedirme ayuda desde el charco de tu sangre y tampoco vi el último movimiento de tus ojos maldiciéndome.
Yo ya estaba lejos, muy lejos, cuando mi cuerpo atravesó por fin el umbral de tu casa y salió a buscarme.

diciembre 24, 2008

Deseos


Caligrafía: Sonia Sánchez Escuer

Mónica quiere escribir una tarjeta pero no se le ocurre nada. Lleva rato frente a la computadora y lo único que ha escrito es ¡salud! en el Facebook. Está desvelada y feliz. No sabe por qué tanta felicidad si todos dicen que el año entrante será difícil, que viviremos la peor crisis de la historia y cosas tan alentadoras como esa. Pero ella, con una copa de vino a un lado, escucha In your eyes y tiene enormes ganas de repartir a toda la gente que quiere un cachito de esa alegría insólita que le crece como virus troyano en el cuerpo. Piensa en lo que quisiera desearles a su familia, sus amigos cercanos, aquellos que ha conocido en la red y ahora son parte de su vida diaria: amor, bienestar, salud... Las palabras forman un caracol de luz en su cabeza. Desearía ser más original, menos cursi, pero sabe que en estas fechas, es imposible.

diciembre 18, 2008

Knee 5 o Einstein on the beach

La imaginación es más importante que el conocimiento.
Albert Einstein



(Las recomiendo que lo escuchen mientras leen)

One, two, three, four...
Las voces femeninas del coro, no sabe por qué, le recuerdan su boda. Una boda grande, seiscientos invitados y sólo seis amigos suyos.
...two, three, four, five, six...
Juan hubiera preferido una ceremonia íntima o, al menos, un ritual distinto, sin Mendelssohn, Bach, Vivaldi. Sí, le hubiera gustado un kyrie a lo Philip Glass: one, two, three, four; y en el fondo: Señor, Señor, six, seven, eight, ten, ten, piedad. Sube el volumen. Se acomoda en el ancho sillón y estira sus piernas. No puede evitarlo: piensa de nuevo en Lorena, en el hueco que han dejado sus caderas a la orilla de la cama. Piensa en su gesto al despedirse. El mismo que hace siempre cuando algo le fastidia. El que repitió tantas veces en estos cinco años, el que él borraba con besos profundos.. One, two, three, four... Exactamente el mismo que hizo al escuchar esta música por primera vez, tan distinta a la de ella, a sus gustos, y, sin embargo, Juan siente que hay algo en ese murmullo incesante, en esas voces dulces que se le parecen.
El violín entra: The day with its cares and perplexities is ended.
Juan cierra los ojos. Rest our troubled minds...
Intenta concentrarse en la música, disfrutarla como hace mucho no lo hace.
And what sort of story shall we hear?
Se imagina a Einstein en la playa, con uno de esos trajes de baño enormes, ridículos, haciendo cálculos en la arena para impresionar a tres mujeres que lo observan. Las voces dulces llevan a Juan a la boda, su boda, y ahí, sentado en la primera banca de La Profesa, ve a Albert jugar con el lazo: una gran banda de Möbius que hace reír a la prima Elsa. Juan se ve arrodillado, al lado de Lorena: intercambian las argollas... one se besan... two, three... Miran las espaldas del cura que parecedirigie un coro invisible, casi tan despeinado como Einstein, mueve la cabeza al mismo ritmo que la mano... four, five, one. A través de un pequeño espejo, Juan le ve el rostro: reconoce los ojos desorbitados de Glass.
La música vuelve y vuelve y vuelve, como Lorena, como él tantas veces, y alarga la misa: tres horas y Albert sigue dándole vueltas al lazo. Ocho monaguillos aparecen con el banquete... one, two, three, four... canapés en charolas de limosna acompañados de vino de consagrar. Los invitados entran five y salen six, y entran seven, y salen eight; los más apurados echan el arroz al aire y se van. Sí, hace cinco años todavía se usaba arroz, ¿o era confeti lo que le cayó encima? Juan ya no recuerda siquiera el traje que llevaba. Lo que sí tiene muy presente es la tienda donde lo alquiló. No, no se acuerda de la tienda sino de la chica del lugar. Alta, muy delgada, sonriente.
Do you love me, John?
La recuerda en el parque hundido, sentada en una banca, riendo, mientras él subía y bajaba por sus interminables piernas con una hoja casi seca.
You know I love you.
Nunca le dijo que él era el novio de la boda.
Without you... Lorena vuelve a su cabeza, meses antes, en otro parque, con el anillo recién puesto: y vuelve un beso, y beso, y beso. Estrenaban la alegría ciega de un futuro juntos.
How much do you love me, John?
Einstein ha traído la playa entera a la iglesia: Juan lo ve contar uno a uno los granos de arena.
Impossible, you say.
Cuatro horas y las rodillas ya sangran. Everything must have an ending.
A la quinta, la música cesa. Todo termina. Con el olor fermentado del tequila y el sudor en el cuerpo, Juan abre los ojos. El silencio lo sacude. Quisiera oír de nuevo el murmullo incesante por toda la casa, la voz dulce y repetida. Kiss me, John.
Aprieta el control remoto. Einstein on the beach vuelve a sonar en las bocinas.
One, two, three, four...
Juan quisiera borrar, una vez más, el fastidio de esos labios casi secos que se han ido.


(Basado en la ópera de Philip Glass Einstein on the beach)

diciembre 16, 2008

Invitación

La Mandrágora y Tierra Mestiza invitan a su
LECTURA DE CUENTOS FANTÁSTICO
S

Participan:
Mónica Sánchez Escuer, Sandra Huerta,
Libia Brenda Castro, Roberto Carrancá,
Manuel Avantes, Leonardo Teja,
Doris Camarena y Ricardo Bernal


La cita es en Café Tierra Mestiza
Diagonal San Antonio 915. Colonia del Valle
Miércoles 17 de Diciembre
20:00 horas

(Mañana regreso con un cuento, lo prometo)

diciembre 08, 2008

Qui peut conter l'histoire des coeurs qui saignent?

Caligrefía: Hassan Massoudy




Ayana despierta con la punta del sol entre los dedos. No sabe qué ha soñado, si ha sido el muro y la frase, o la prolongación del beso último. Pero hoy no le preocupan los presagios. La noche le ha dejado grabadas en el pubis todas sus horas y Ayana siente que lleva tatuado el firmamento. Por la ventana entra el día, lo siente en su palma derecha como un tibio augurio, como el buenos días que no escucha. La mano suelta el sol y busca en el otro costado de la cama: sólo unos pliegues, la huella, el cuerpo vacío. Entonces descorre por completo los párpados, las sábanas. En la almohada ve un papel que no quiere leer. Ayana dice Màher, como un hondo lamento, sólo por si acaso, por si él hubiera decidido reescribir sus destinos. Nadie responde. Desde que lo vio bajar la escalera de la plaza, sonreírle, sabía que él la destrozaría. Que en esos ojos enormes su paz acabaría por hundirse. Lo que nunca imaginó fue que, ya desnudos, descubrirían el mismo tatuaje en sus vientres y en sus caderas, al hacer el amor, el eco del mismo oleaje. Ayana nunca pensó que ese gozo, esa indómita y acompasada bravura de los cuerpos fuera posible. Cuando los dos encontraron un poco de calma, Màher le confesó que él ya la conocía, que habían sido amantes muchas veces, en muchas vidas. Pero nos hemos lastimado tanto y de tantas maneras, le dijo, que ya ninguno se atreve a quedarse. Y nos volveremos a encontrar, y haremos el amor como nunca con nadie, y nos separaremos de nuevo. Ayana, que lleva una pequeña lápida en el pecho desde que era niña, no quiso creerle, le cubrió los ojos de besos y se dejó soñar.

El papel tiembla como su pulso: Màher dibujó el trazo caligráfico que ambos se tatuaron el mismo año, el mismo día; ella en París, él en Mogador. Abajo, en hermosa caligrafía árabe, reconoce la frase que aparece en las pieles y muros de sus sueños:

Qui peut conter l'histoire des coeurs qui saignent?

(¿Quién puede contar la historia de los corazones que sangran?)


diciembre 07, 2008

Máquina de coser

Los invito a visitar Máquina de coser palabras, un estupendo blog de Juan Yanes donde encontrarán excelentes cuentos.  Ah, y también alguno mío

diciembre 01, 2008

La calle antes del crimen


Foto: Monique Sanmiguel

A Monique y Miguelángel

Desde la ventana, Herminia mira la calle vacía, las huellas sucias que ha dejado la lluvia. ¿Se habrá mojado? En un charco puede ver reflejada la luz del vecino, la única que alumbra las losas y muros. El silencio, como todo lo que ocurre en sus pensamientos, la aterra. Su calle es un pasillo angosto donde sólo se puede transitar a pie, o en la bicicleta que Xavier siempre quiso y que ella nunca le compró. Detrás de los rombos de hierro, como buena madre, lo mantenía resguardado de todos los accidentes posibles. No se imaginó que algún día él hallaría la llave, que se escaparía aún sabiendo los peligros y horrores de allá fuera, los que ella le contaba cada noche para hacerlo dormir, sentirse tranquilo en su recámara. Tal vez no fueron suficientes los diarios, la nota roja, las fotos de atropellados que ella le fue coleccionando como estampitas en su cuaderno de dibujo. Quizá debió haberle hablado de las dos palabras. Aquellas terribles.
Xavier no había nacido todavía cuando en su cuna recién comprada apareció tallada la frase: morirás joven. No fue Dios, ni un ángel caído, decía la abuela. Tampoco la navaja borracha de su padre. Nadie supo cómo llegaron a enterrarse esas letras en aquella madera nuevecita. Herminia las lijó, les echó plastas de pintura, pegó encima una imagen del sagrado corazón. Pero ellas siguieron ahí, visibles y tercas en la cabecera del niño. A los seis meses, decidió regalar la cuna y su frase fatídica al orfanato. Compró una cama amplia, de latón, ningún mueble de madera. Pero las dos palabras se habían incrustado ya en su frente y siempre aparecían en cada gripe, cada fiebre, cada raspón de su hijo. Ella lo cuidó, lo educó en casa, lo mantuvo a salvo estos diecinueve años. No entiende qué le dio a Xavier por salir si allí lo tenía todo. Por qué se fue así, sin avisarle siquiera.
Han pasado seis horas desde que escuchó la puerta cerrarse. Ha llamado a hospitales, policía, delegaciones. Ya lo buscó por todo el barrio, entró a la iglesia, rezó sesenta avesmarías. Sólo le queda esperar ahí, mirar la calle detrás de los rombos, saludar a los pocos vecinos que llegan, como lo hacía Xavier todas las tardes.
Pasan horas, no sabe cuántas, cuando el ruido de unas pisadas la espabila. Herminia se asoma, ve a un muchacho trastabillar, detenerse en la pared, doblarse como si algo le doliera a la mitad del cuerpo. Ella le grita pero él no voltea. Sin zapatos, baja apurada la escalera. Corre por las losas aún mojadas pensando que su hijo está herido, que lo han asaltado. No se imagina que ese hombre es su esposo, borracho, como siempre, que trae la cara ensangrentada y los ojos hinchados, que no la reconocerá cuando ella se acerque y él le hunda la navaja que no se atrevió a sacar en la cantina. Herminia no sabe, no sabrá nunca que Xavier no volverá a casa, que vivirá muchos años más sin saber que ella ha muerto.