noviembre 25, 2008

Regalos



Foto: Luis Angel Hidalgo



A Lucas, con todo y pastel.


A veces inquieta y hasta perturba, siempre fascina. Y luego desaparece como una roca en el agua. Nadie sabe dónde vive, a qué hora y en qué duela pone su cuerpo a girar. Nadie se acuerda de ella a la hora de comer, al buscar una novia, una pareja de baile. No conocen su nombre. Pero todos saben que a las siete, sábado tras sábado, la bailarina aparece vestida de blanco o de azul, con la música del mar o el vigor de unos tambores africanos. Bajo un gran farol, en el centro del parque, monta su danza de luces. Todos la esperan desde temprano. Hoy ha venido vestida de crema y trae velas, muchas velas blancas. Las coloca en círculo, las prende una a una: sus movimientos llevan el ritmo y la gracia de ritual antiguo. Todos guardan silencio. La bailarina enciende la grabadora y la magia comienza: un pie avanza, la cintura quiebra la luz, el brazo se arquea y toda ella pasa debajo. La gente la mira como si siguiera la danza de una flama. Hipnotiza, dice el hombre más viejo, pero nadie lo escucha. La música estalla de pronto: las piernas son mástil; la falda, olas; la mano, tormenta. Termina en el aire, y cae exhausta. Todos aplauden, chiflan, gritan bravo. Ella agradece con una reverencia tímida, un poco torpe. Los vecinos dejan monedas y uno que otro billete en el piso, se retiran, cierran las puertas de sus casas. La bailarina apaga sus velas, las guarda en una bolsa de hule. Nadie se acerca ni le invita un café. La creen loca o enferma. Le huyen. Dicen que creció en un orfanato, que aprendió a bailar mirando por la ventana de la academia de la ciudad. Por la calle, además de sus pasos, la bailarina escucha risas, oye platos, cubiertos, canciones que no se atreve a cantar allí sola. Sabe que la fiesta para ella ha terminado. De regreso, se divierte al asomarse por las ventanas mientras avanza. Sillones tan roídos como el suyo, mesas vacías y llenas, manteles manchados, familias a punto de cenar, un hombre que lee, dos señoras le gritan al televisor, una niña baila. Se detiene ahí: casi se pega al vidrio. La ve dar vueltas, imitar sus saltos. Parece tararear una canción, quizá la misma que ella escogió para esta noche. La niña arquea el brazo y, al girar, la descubre: ambas se quedan quietas dos segundos. La bailarina suelta las velas, la grabadora y comienza a danzar. La niña trata de seguir los movimientos que alcanza a descifrar; pero la bailarina no se detiene, da un salto, cae exhausta. En la ventana, ve a la familia completa aplaudirle. La invitan a pasar, a cantarle las mañanitas a la niña. Cuando le dan un trozo de pastel, escuchan su voz por primera vez: Gracias, gracias, repite diez veces. Sólo eso. No se atreve a decirles que ese día ella también cumple años.

noviembre 22, 2008

Luis Barragán: arquitecto del asombro

En proporciones alarmantes las siguientes palabras han desaparecido de las publicaciones de arquitectura: Belleza, inspiración, magia, hechicería, encanto, y también serenidad, misterio, silencio, privacía, asombro. Todas ellas han encontrado un hogar amoroso en mi alma, y si estoy lejos de pretenderles haberles hecho plena justicia en mi obra, no por eso han dejado de ser mi faro.

Al ver y transitar por los espacios creados por Barragán, uno se descubre azorado desde todos los sentidos: oye la música del agua, palpa texturas, colores vivos que saben a fiesta o fruta fresca. Uno avanza y encuentra la maravillosa geometría del asombro: volúmenes inesperados, cubos al cielo, ventanales en cruz por donde entra un árbol en sombras o los reflejos de una fuente silenciosa. Muros enormes donde la luz traza los pasos del día. Una arquitectura que conmueve y sorprende. Arquitectura emocional, le llaman algunos: una experiencia estética que despierta la sed de los sentidos, la búsqueda de lo insólito. Y uno piensa, ahí dentro, que toda arquitectura debiera ser emocional: crear estados de ánimo, ambientes propicios para distintas labores, y, sin embargo, al mirar el entorno, uno advierte que no es así: la función, la utilidad o el exotismo de la innovación permanente y llamativa han prevalecido en la arquitectura contemporánea. El constante cambio de tendencias, cada vez más vertiginoso, la compulsión por la globalidad y la imitación se han convertido en inevitable norma que rige y crea más de un equívoco en todas las artes: sólo que la arquitectura lo grita en las calles, en los uniformes e impersonales edificios-espejo de las grandes ciudades, enormes aparadores de cristal donde todo se exhibe: espacios sin pudor que no dejan nada a la imaginación.
Primero quisimos ser como Madrid, luego Paris, ahora Nueva York, o cualquier otra ciudad que nos envuelva. Y nos olvidamos o despreciamos la tradición que nos rodea. No obstante, si algo nos ha enseñado la estética de Barragán es que la única manera de comprender el mundo y crear en él es aprehendiéndolo, haciéndolo nuestro, y reinventarlo desde nuestro espacio, nuestros ojos, nuestro paladar.
Barragán lo hizo prodigiosamente, con el oficio y el talento de un gran artista: observándolo todo a su alrededor: pinturas, poemas, iglesias, mirando con oídos, manos, y boca, probando el sabor de lo que se palpa, huele y mira, desde un mango maduro, una fiesta de pueblo, una misa en domingo, hasta “el muro de tezontle templado por el sol”, o la risa roja de una niña que acaba de morder una sandía. Pero también el universo fuera de casa: los muros mediterráneos cubiertos de cal, la armonía de un jardín francés, la música atónita de una fuente árabe. Todo, al pasar por su mente, sus sentidos, su biografía, se transforma y convierte en espacios únicos, irrepetibles, llenos de vida. Los suyos son espacios vivos, porque al movernos en ellos nos mueven por dentro: la arquitectura de Barragán es movimiento puro. Una fachada simple guarda la ruta inesperada del deseo: arquitectura erótica que se abre poco a poco y nos va tocando con insospechados colores, texturas, geometrías que estallan sobre un muro encendido por el sol. Dice Barragán que su obra es autobiográfica, en ella se exhiben y contrastan sus contradicciones: la religiosidad, el silencio, la calidez de un ángel bañado de luz; frente a la seducción de una pared pintada de fiesta o los dedos de un árbol acariciando un muro con su sombra: el cielo y el claustro.
La sensualidad es el lenguaje arquitectónico de Barragán, hay que entrar a sus obras con los sentidos despiertos: escuchar la música apenas audible de sus fuentes, tocar el agua, ver los reflejos y sombras caminar en las paredes. Los suyos son espacios creados para amar y meditar, para alegrar multitudes y acoger soledades, espacios que reflejan la esencia de nuestra cultura: generosos pero íntimos: donde la sorpresa no se exhibe, se guarda tras los muros para aquellos que se han ganado el paso al paraíso.


noviembre 16, 2008

Paisaje

Llamo a la puerta. Alguien se asoma por una ventana y me dice que estás muerto, que me vaya. Yo insisto. Nadie abre, sólo se escuchan voces que no quieren salir a hablar conmigo, aunque yo sé que hablan de mí. De mí y de ti. Me desprecian: para ellos soy el hombre pervertido que les arrancó tu inocencia y sus sueños de familia decente. Vuelvo a tocar. Los nudillos duelen menos que esta sombra que me oprime. Una mujer abre la puerta de la cochera y me hace una seña. Sin comprender ni preguntar, la sigo. Soy la prima, aclara, mientras me lleva por el patio lateral hasta su habitación. En silencio, me entrega las cartas cerradas que te escribí cuando saliste del hospital y te trajeron de nuevo a este territorio donde yo nunca fui admitido. La joven no espera que las abra: me toma del brazo y me conduce por un angosto pasillo hacia la cocina. Al otro lado del muro se escuchan gemidos y el llanto opaco de una mujer. Entramos a tu estudio, que alguna vez fue el cuarto de lavado y ahora alberga tus libros y papeles. El aire cargado de tu aroma sorprende a mis sentidos: cierro los ojos, respiro hondo, entras y besas mis pulmones, mis huesos. La mano de tu prima acaricia mi hombro. No hablamos. Abre la cortina sólo unos centímetros. Me asomo. Por la ventana se ve otra ventana que tiene tu cuerpo tendido como paisaje: pareces dormido en esa cama que nunca fue nuestra, tu cama adolescente, ésa que tú decías inhibida por tus sueños, la cama que resistió más que tú el peso de la única mujer que tu sexo exploró torpemente. No me dijiste mucho, ni siquiera su nombre. No sé porqué ahora que te miro allí me dan celos: no concibo que te lleves en la piel otras huellas que no sean las mías.
Dentro del saco, las cartas que nunca llegaron a tus manos retienen mis latidos impotentes. Una gota moja mi zapato. Tu prima llora. Ahora sé que fue ella. Por su dolor me doy cuenta de que mentiste: fue tuya muchas veces. La abrazo. Su cuerpo delgado, sin formas precisas, me recuerda el tuyo. Las ondas de su cabello oscuro. La ciño aún más. Algo de ella huele a ti.

noviembre 14, 2008

Lo que Emma escribió

pecado

mis labios descansan
en una pila bendita
bañan
la culpa
y el sabor de la tarde
rezan plegarias
el padre nuestro
que está en mi celo
se hincan
en los labios del cura
que los cura

noviembre 10, 2008

El filo de la noche


Foto: Antonio de Villa

Que se tiendan las sábanas del cielo y abran sus ojos de luz los ángeles estrella: el agua de mi fuente será derramada en esta pila bendita...

Así lo dijo él poco antes de introducirse por alguno de los orificios que Emma olvidó cerrar. Y es que todo lo tenía abierto: desde los ojos hasta el cajón de los hilos y botones.
Ella había aprendido, en los últimos meses, que la noche dolía. Al principio sólo eran suaves punzadas, pero le fueron creciendo, una a una, como las horas, hasta arrojarla a medio desvelo sobre el rincón más blanco de sus párpados. Ese pulso se le atoraba en la parte más oscura de su cuerpo, le arañaba la piel, ardía, le subía a la cabeza hasta desnucarle la razón y los sueños.
Su madre, al verla cada día más pálida, la llevó con médicos y curanderos. Pero Emma seguía mirando lo que nadie veía, lejos, lejísimos, como si mirara el mar al otro lado de la montaña y no la fruta que llevaba en la mano.
Hasta que él apareció en el pueblo, enorme, luminoso, como estrella cargada de presagios. Todos decian que era bueno, que él la curaría. Emma se atrevió. Tímida, fue a verlo y, con el latido de su sangre en las palabras, le confesó sus desvelos. Él se acercó: estaba ahí para ayudarla. La cubrió con su manto sagrado y le desvistió las sombras. Llevaba en los labios el aroma del vino rojo y pronto fue regándolo en la sonrisa de ella hasta entintarle el rostro. Por instantes, Emma creyó volar sobre el orbe entero: descubrió que miles de luces la habitaban. Fue cosa de minutos solamente. Él terminó su acto con un beso largo, profundo, en el cuello de Emma y le absorbió todo: su voz, su dolor, sus silencios. Ella lo vio desaparecer por el largo pasillo, llevar, en los faldones del hábito, el mismo ritmo que le dio a sus caderas.
Desde entonces, una vez por semana, Emma se confiesa: el filo de la noche le abre la sonrisa más profunda y el Padre, con la señal de la cruz trazada en el cuerpo, le corta el dolor de tajo y la absuelve de todos sus pecados.

noviembre 04, 2008

Marina


Foto: Daniel Molina


treinta besos


Quiero dejar de pensar en ti. De sentirte en la punta del lápiz cuando lo llevo a la boca. De buscarte en todos los peldaños. Y hallarte. Cada noche, cada amanecer dentro, como un trozo de fuego que me araña y me deshace. No quiero verte más en la taza de café, ahogándote de risa. En los libros que no leo, en la esquina que nunca vas a cruzar. Ya quiero caminar por el malecón sin asomarme, sin verte en el agua como hoy, como todas las tardes, enmarcado por el muelle como la bella marina que siempre he deseado colgar en mi recámara. Y se me antoja sumergirme, deslizar mi cuerpo junto al tuyo, probar la sal de tu hombro. No. Ya no debo soñar. Lo sé. Es inútil detenerme y, sin que me veas, mirar contigo las últimas llamas de sol que se tragan las olas. Una pelota cae cerca de ti. Volteas. Allí, de pie, eres sólo el filo de tu cuerpo. Una pincelada que se ensancha al dar la vuelta. Y me miras. Te quedas mirando. ¿Me reconoces de tan lejos? Y yo no sé qué hacer con toda mi torpeza, cómo librarme de mí misma, de ti, de este mar que no deja de lamerte. Cuando decido levantar la mano, oigo una voz detrás. Te llama amor, grita que ya es tarde. Y regreso. Sola. Con una idea de ti nadando entre mis labios. Sólo una idea.

noviembre 03, 2008

Instantánea

Desde hace semanas, las historias me las cuenta cada imagen. Amigos y lectores generosos me han prestado su mirada: algún paisaje visto, unas manos, una muchacha, un trazo bellísimo, una silla singular. Y las imágenes dan vuelta en la pantalla, y en mi cabeza, y en mis calles, desayuno y ceno con ellas. Hasta que un personaje se asoma, me acompaña, habla como si me dijera un secreto, me abre su historia. Las imágenes se vuelven cuentos, y los cuentos, instantáneas, fotografías que develan los elementos de una escena, el interior de un cuerpo o de una sala, el suspiro de alguien que mira una cáscara a punto de caer.
En el sentido inverso, las imágenes me dan la escena y mi labor es descifrar lo ocurrido, seguir las pistas, hallar al asesino o al enamorado.
En estos momentos, escucho la voz de una mujer que mira a un hombre en el agua. Pronto será ella quien les hable.
Este paréntesis sólo es para agradecer a Daniel, Antonio, Pedro, Edgar, Aurelio, Jorge, Monse, Monique, Manu, Amitla (y todos los que quieran sumarse a esta aventura) por prestarme su mirada.