octubre 30, 2008

Rojo


Foto: Monserrat Loyde


Para Monse y Aurelio



Se fue el Otoño. Una lámina de cielo le ilumina los ojos. Ella mira el árbol, su árbol. Con el viento las hojas se desprendieron. Resuenan como un poema sobre la hierba: cuántas hojas camino a la ceniza. Como el dolor, como los labios secos, han llegado al fondo del tiempo. Los montes están solos. Ella ya no. Un hombre le ha regalado una linda sombrilla, y todo el rojo de un rubor repentino, de un beso breve, largamente deseado.





Foto: Aurelio Asiain

octubre 27, 2008

Raíces intactas


Foto: Aurelio Asiain

Ha llegado el invierno y todo cae. La tarde, el luto, las hojas. Una lámpara ilumina la cama donde yace un hombre y su cuerpo en curva, desnudo, casi perfecto. Ella lo mira dormir. Hoy no canta cosas tristes. No escribe un poema largo en la cocina. El olor a jengibre aún perfuma los dos platos extendidos que no quiere lavar. La ventana se ha nublado con el día. Ella se asoma como si entrara en un espejo. Las tres hojas del árbol, ayer vivas, se han desprendido: en la hierba terminarán de morir sus nervaduras. La mujer se viste, sale, se acerca despacio. El árbol, su árbol, es ya un pequeño bosque de raíces intactas. Redondo, perfecto, desnudo. El esqueleto indescifrable de una nube. Antes el marido, con una disciplina casi matemática, cuidaba su forma; ahora lo hace, con menos precisión, el jardinero. Pero hay algo hoy que le molesta. La mujer sigue con un dedo el torcido curso de una rama. Toca el sol diminuto que cuelga en una gota y se lo lleva a los labios. Ha llovido tanto, dice, como si el árbol escuchara. No. Ya no llamará más al jardinero. Que crezcan las ramas como les plazca. Regresa, se desviste. Limpia todo el lodo de sus botas como si borrara la pesada memoria de los pasos del agua sobre la tierra, sobre ella. Ha llovido tanto, dice. Y dentro. Ahí donde no hay sombrilla que la cubra. Donde el esposo siguió viviendo, intacto, puro. Hasta hoy. Donde el hombre que duerme ha metido su cuerpo: en el fondo de ella, en su carne, en el corazón a punto de caer en ese cuerpo.

octubre 19, 2008

Trazos negros, fondo casi sepia

Foto: Edgar Ladrón de Guevara


A la entrada, un gran cartel casi sepia, con unos trazos negros, como de tinta china, la hace dudar. El guardia le confirma que es ahí y le señala una escalera. Sube cuidando no tropezarse: lleva unas botas altas, demasiado altas que la hacen ver enorme. Escucha las voces revueltas de la gente. Cuando va por el séptimo escalón alza la mirada: ve espaldas, cabelleras y un rostro que voltea. Sus ojos caen en dos verdes precipicios que casi la hacen perder el equilibrio. El hombre sonríe. Ella baja la vista, se aferra al barandal y continua su acenso. La amiga la recibe como si no la viera todos los días. La exposición es extraordinaria, y el fotógrafo, un portento, le dice. Y la presenta al círculo de cabelleras, espaldas y rostro. El hombre y ella se sonrojan. Nadie lo percibe, sólo la amiga que aprovecha y se la lleva a la barra: ¿Desde cuándo? ¿Qué? ¿...se conocen? Nunca lo había visto. Y no miente. Al regresar, él, no sabe cómo, ya está a su lado. Los otros hablan, ríen. Ellos evitan mirarse, pasan delante de las fotos como si las vieran detenidamente. Trazos negros, fondo casi sepia. Perturban, dice ella. Y atraen, dice él. De una a otra, algo les crece. Ambos lo sienten. En un instante, los anversos de las manos se tocan. Se separan. Regresan. Entonces se atreven: caen de nuevo en los ojos del otro. Dicen dos o tres incoherencias que ninguno escucha. Sólo observan el movimiento de los labios: tenues y húmedos, de ella, carnosos y secos, de él. Van recorriendo la exposición sin verla, llegan a un pasillo. Él le toma la mano. Nadie se da cuenta. Las espaldas y cabelleras se han quedado frente a la barra. Detrás de una cortina hay más fotos, todas sin marcos, algunas sobre el muro, otras regadas en una mesa de trabajo. Y ellos dos. Que han dejado de hablar, pero no de ver el brillo y la sed de sus bocas. Que por fin juntan. Él le dibuja otro labio con la lengua. Ella moja el pequeño trozo de carne malherida que él le ofrece, lo abraza con la boca entera, lo suelta. Él juega a seguirla. Sólo que un poco más violento: succiona el labio inferior, lo muerde, lo acaricia con los dientes. Ella se aparta. Él vuelve como ola apenas tocando la orilla. Y avanza. Entra poco a poco. La mano izquierda se enreda en el cabello. La derecha se aventura y baja por la espalda, el muslo, sube, arruga la tela negra que ella eligió usar esa noche sólo por si acaso. Una luz intensa los sorprende. Se sueltan, la falda de ella cae y regresa a su inocencia. Un hombre, con una cámara entre los dedos, les sonríe. Aquí he tomado todas las fotos, dice, y se va. Miran a su alrededor: en los trazos negros descubren ojos, labios, narices. Dos carcajadas se escuchan detrás de la cortina.

octubre 13, 2008

Artículo de fe

Foto: Antonio de Villa
A Mayán y Lucas

A las dos de la madrugada, la hermana Eduviges despertó a toda la congregación de un timbrazo. La madre superiora por fin había llegado. No hubo recepción, ni flores, ni obispo. Todas las monjas la miraron con curiosidad, pero nadie preguntó nada. Ella sólo dio las buenas noches en voz baja, como si no quisiera terminar de despertarlas, y se fue a dormir.
Al día siguiente la superiora contó los detalles de su visita al Vaticano. Habló de la amena conversación que sostuvo con el Santo Padre y algunos miembros de la alta jerarquía católica, de sus paseos por Roma y de las generosas cucharadas de azúcar que el Sumo Pontífice agregaba a su té. No mencionó nada sobre su viaje de regreso y nadie se atrevió a preguntarle las razones de su retraso, ni siquiera el obispo, a quien se le había bajado el mal humor de la prolongada espera con la finísima medalla de oro que la madre le regaló con todo y la bendición papal.
Años más tarde, minutos antes de su muerte, la madre confesó los motivos de aquella demora: el día de la reunión en el Vaticano, se encontraba sentada muy cerca del Papa. Quiso decirle muchas cosas pero, pese a su fluido italiano y a su perfecto polaco, no pudo pronunciar palabra; sólo permaneció ahí, observando la mano temblorosa del Pontífice sirviéndose una, dos, tres cucharadas copeteadas de azúcar. Después de unos minutos, él le dijo algo que ella no alcanzó a escuchar y se marchó.
Al día siguiente, en el aeropuerto de Roma, el sonido chillante del detector de metales le recordó los ruidos que producía el Papa al mover su azucarado té. Los guardias la hicieron pasar tres veces por el umbral electrónico, le quitaron el escapulario, la medallita de la Virgen de Guadalupe recién bendecida, el rosario y hasta un broche que llevaba en su corto cabello. Ante la insistente alarma, decidieron revisarla a conciencia. Cuando la madre pudorosamente se desvistió, las dos mujeres que la vigilaban vieron un objeto metálico amarrado a su ropa íntima. Llamaron de inmediato al cuerpo de seguridad y la monja tuvo que sufrir inquisitivos cuestionamientos relacionados con sus creencias, acusaciones de mala fe y penosos interrogatorios sobre sus hábitos carnales.
Finalmente la madre fue liberada por el jefe de la policía, ¬quien se guardó celosamente la evidencia en el interior del saco¬ después de hacer jurar a la monja, en nombre de Dios y de todas las vírgenes, que aquella cuchara había estado en las santas manos del Sumo Pontífice.

octubre 05, 2008

La silla de Dios


Fotografía: Pedro Meyer


Celebrando a Pedro Meyer

Dicen que es la silla de Dios. Que desde ahí mira los pecados del pueblo, la caridad de los ricos, la lujuria de los jóvenes, la tentación de todos. Nadie sabe quién la mandó a fabricar, quién talló sus enormes dimensiones y la montó en ese pedestal, a media calle. Algunos dicen que es obra de Dios, o de un santo, que es casi lo mismo. Pero detrás de las bardas y las puertas, la gente del pueblo no cree en los milagros. Dicen que en esa gran silla Dios se sienta a descansar los domingos y los días de fiesta. El resto de la semana, nadie sabe exactamente dónde está, va de un lado a otro sin dejar rastro. Por eso, se cuidan de no cometer pecados mortales en días de trabajo, sólo aquellas faltas que se disuelven con dos o tres rezos y alguna penitencia. Pero el domingo, saben que Dios se sienta ahí, que no va a ningún lado. Y en eso sí creen. Fielmente. Y se alejan todos, cinco o seis cuadras a la redonda, y dejan que Dios descanse y nadie lo molesta con sus ruidos amorosos, blasfemias, robos, disparos, violaciones y otras prácticas, ya por tradición, dominicales.

octubre 03, 2008

¿Por qué será?


De acuerdo con las estadísticas, (que según dicen los expertos y los incautos, no mienten), las visitas al blog han bajado esta semana en relación a las pasadas. No puede ser el temor a que se escape el loco y los contagie, tampoco el odio al enfermero porque los visitantes sólo llegan hasta mi perfil. Me pregunto, ¿será por mi foto?