septiembre 29, 2008

Via del Quirinale




Te espero. Como todas las tardes, después del café. Y apareces puntual, al inicio de la calle, con tus amigas, caminando en fila india, como siempre. Cuando se acercan, no me atrevo a toser, a interrumpir el ritmo de las risas y voces que no alcanzo a distinguir. Ni siquiera puedo decir que he visto bien tu rostro, no sé el color de tus ojos, si tu labio inferior es más grueso, como creo; no conozco de cerca la línea de tus cejas, si forman una arruga en su centro cuando preguntas. Pero sí puedo ver, desde aquí, tu cabello castaño casi rubio, suelto como tú, recogido sólo a medias para mostrarle al mundo los cuatro dedos de tu frente. Veo tu delgada nariz, el perfil que dibuja tu sombra en los muros. Eres la más alta de todas, la única que ríe todo el tiempo. Pareces bailar con un rumbo preciso y natural cuando caminas. Tus piernas te siguen como mis ojos, llevan el ritmo discreto de tu oleaje, como mis manos que danzan moldeando tus hombros, tu pecho, que casi te tocan cuando me toco. Y por fin eres tú la que cae en la trampa, y no tu amiga de ayer, o las dos que siempre van juntas. Te agachas, recoges el hilo dorado que dejé en la acera, lo inspeccionas. Tu cara esquiva una sombra y de pronto se ilumina. Puedo verte. Eres hermosa, bellísima. Miro tu cuerpo todo, y el mío se tensa, te imagino aquí dentro, con el hilo dorado entre tus pechos. Hasta que una palma me sacude la espalda y toda tu imagen: el enfermero me dice que nadie quiere a un loco, que ya deje de soñar. Me asomo por estos cuadros de hierro que cuidan la ventana, que te cuidan de mí. Y tú ya no estás.


Este cuento fue elaborado a partir de la fotografía que me proporcionó Daniel Molina. (Les sugiero que le pique para verla mejor.)


septiembre 21, 2008

Muerta de sueño

@Daniel Molina


A Juan José Arreola, por sus 90 años no cumplidos

El sueño se me ha instalado con todo y pesadillas. No sé qué lo atrajo hacia mí, ni con qué oculto propósito decidió quedarse, invadir la clara penumbra donde dormía, tranquilo y casi nulo, mi inconsciente. Desde hace un mes, lo llevo dentro como sombra de mis huesos. En las noches me cubre de melosas fantasías: es repugnante dormir y verme entre rubios príncipes de rostros azulados que me ofrecen miel de sus lenguas y se derriten al tocarme como caramelos al fuego.
En el día, su presencia es igualmente molesta: el sueño me corta las palabras con una cadena interminable de bostezos, me nubla la vista, me hace cargar grandes ojeras y la sonrisa más estúpida. Pero es hábil, se vuelve voz en mi garganta, dice a todos los hombres que he soñado con ellos, que son la inteligencia que más me asombra, el cuerpo para mi cuerpo, la boca que necesito besar con cierta urgencia. Hay días que se disfraza de poema y enreda sus garras de azúcar en los ojos varones. Y todos caen en la trampa. Y me ven con ganas y certeza. Y yo que soy tímida, en los escasos minutos que me hallo despierta, me escondo donde nadie me ve, nadie me escucha. En la habitación donde solía disfrutar el insomnio.
No sé ya qué hacer para quitármelo de encima. Lo he intentado todo: pellizcos, baños con agua helada, litros y litros de café. Pero en esta batalla inútil, el sueño tiene poderosas armas: no sé cómo se ha unido a mi inconsciente: sabe de todos mis temores, de mis impulsos y complejos, de la perversa imaginación que me atormenta. Y ahora, dueño ya de mis actos, me ha sitiado: amenaza con volverme, en pleno día, la víctima de mi propias ganas de matarlo.




septiembre 13, 2008

Un baile en el desierto

Para Alberto Ruy Sánchez, el personaje y amigo


Lo conocí bailando. Hace ya tiempo. Él buscaba pasos, yo, alguien a mi altura. Hoy, en la pista, nos miramos distinto: con la libertad que los años y las historias le dan al cuerpo.
Las pailas llenan El Tumbao de rimo y los cuerpos se sueltan. La comitiva se relaja. El Personaje sacude los hombros, las largas piernas, sonríe: me toma la mano y abre el ritual de Maimuna En los labios del agua.
Uno, dos giros y sus ojos diminutos ya están en alguno de los paraísos de Mogador, la ciudad que traza a diario su deseo, sus obsesiones, bailes secretos. Ese laberinto amurallado donde se desquicia el hombre y ordena el escritor.
La clave cubana marca la síncopa de sus pasos, ahora más breves, aún imprecisos. Los brazos van siguiendo la ondulación de las trompetas. Ruy Sánchez se acerca, resbala sus dedos por mi espalda, me hace girar. Sus gestos desbordados lo delatan: sigue primero el compás de la sangre, luego la música como si quisiera poseerla, con esa hambre adolescente que a veces nos vuelve un poco torpes creyendo que en un giro inesperado encontraremos la sorpresa.
No baila bien, baila mucho, dice Magui, su mujer, la única que conoce todos los giros que arman y desarman al personaje.
Alberto invita a las mujeres de la mesa con un gesto y todas obedecen, lo rodean; seguimos sus movimientos como serpientes a la flauta. Va bailando con una, con otra, su vanidad, su alegría. Y una puede ver qué le seduce: toca una mejilla, besa una mano, acaricia una cintura. Se suelta al ritmo de Celia Cruz: Alberto sabe, siente que la vida es un carnaval y busca manos, brazos, ojos con quienes compartirla ahí, en ese instante donde nada importa sino moverse, entregarse entero a la música que ya revienta desde dentro, ser otro, abandonarse en el otro, el que se tiene en los brazos.
Una de las mujeres lo lleva al rincón, le da masajes en las manos, acerca su prominente pecho al suyo. Las demás aprovechan para beber, comer algo. Yo sigo bailando sin dejar de reírme. Mi pareja también sonríe. Es sincero. Le divierten los francos, desmesurados, casi ingenuos juegos de seducción del alegre personaje.
Si atado a una corbata es desinhibido, sin ella, sobre la duela, acompañado por un par de tumbadoras, una clave y una mujer, Alberto enloquece. Se desfigura: gira, salta, rompe todos los gestos del rigor y pierde la noción de tiempo, de espacio. Se transforma, y transforma: la mujer que baila con él sonríe con esa especie de mueca que sólo el nerviosismo sostiene.
Se oye un merengue y se apodera de Alberto: su enorme anatomía parece sacudir todas las cosas dichas y no dichas, la historia: el título de doctor, de escritor, los ojos envidiosos. Su cara se chorrea, el cabello gris se parte en gajos gruesos, húmedos. Aquí es cualquiera, y es él, más él que en ningún podium. Le gusta ser el centro, el vórtice de esa revuelta de los sentidos. Se mueve entre todos, hombres y mujeres, sin temor al espejo que lo condene, al dedo que lo señale.
Todos en la pista hemos perdido compostura, el saludo oficial, la sonrisa de comitiva. El agua deshace las máscaras, el polvo que los desiertos acumulan en la piel.
La música termina. Alberto desaparece. Nadie se mira. Todos parecemos transitar a lugares imposibles: los sitios donde cada quien crea su propia “ración de eternidad”.
El Pollo regresa sin camisa, con papeles de estraza pegados al pecho, entre el saco y la piel mojada. Sus ojos y labios vuelven a bailar con cada una al despedirse.

septiembre 07, 2008

El amor en los tiempos del facebook



Se despiden. Y él se va a la cama con algo de culpa, como si ese beso en letras de molde lo hubiese tocado. Y el hombro de su mujer se asoma por la cobija, le habla, lo invita a entrar. Y él obedece, se desnuda, entra. Y la culpa se va. La mujer siente los dedos del hombre despertar su pezón izquierdo, subir el camisón. Y la risa de los dos se escucha, se imagina al otro lado de la ciudad. Allá donde una pantalla parpadea, ilumina, con un beso abandonado, la habitación de otro hombre que se toca.

septiembre 01, 2008

Dédalo

(Ícaro y Dédalo. Foto de Antonio de Villa)


Somos tiempo, nada dura y vivir es un continuo separarse.
Octavio Paz

El mar sigue golpeando la orilla destemplada, devora la roca, se lleva su sal, deshace todos sus peldaños. El paisaje cambia lentamente de perfil. Con la tristeza ya seca, el hombre ve cómo los contornos se ablandan, oscurecen, se mezclan con el cielo negro. Un día más a punto de caer sobre sus hombros, largas horas de culpa que desploman en él su peso de lápida. ¿De qué sirve haber escapado del encierro?, se pregunta. Lleva meses, años hecho piedra, como los altos muros de su laberinto. Él, el inventor de la cuña, el hacha y las velas de los barcos, no sabe cómo rescatar el tiempo, a su hijo, cubrir el sol, ser pájaro de nuevo. Inútil, se aferra al pulso inerme, busca un latido, la tibieza de la carne que recuerda en ese brazo. Los nudillos le sangran arena ennegrecida. Entre los dedos se filtran los restos de un par de alas rotas, las que él construyó, las que llevaron a Ícaro hasta el sol y derritieron su sueño de ser ave. Y él ahí, solo, una estatua en esa playa de luces apagadas, libre, siente bajo su mano cómo el cuerpo de su hijo se hace polvo.