Para Alberto Ruy Sánchez, el personaje y amigo
Lo conocí bailando. Hace ya tiempo. Él buscaba pasos, yo, alguien a mi altura. Hoy, en la pista, nos miramos distinto: con la libertad que los años y las historias le dan al cuerpo.
Las pailas llenan El Tumbao de rimo y los cuerpos se sueltan. La comitiva se relaja. El Personaje sacude los hombros, las largas piernas, sonríe: me toma la mano y abre el ritual de Maimuna En los labios del agua.
Uno, dos giros y sus ojos diminutos ya están en alguno de los paraísos de Mogador, la ciudad que traza a diario su deseo, sus obsesiones, bailes secretos. Ese laberinto amurallado donde se desquicia el hombre y ordena el escritor.
La clave cubana marca la síncopa de sus pasos, ahora más breves, aún imprecisos. Los brazos van siguiendo la ondulación de las trompetas. Ruy Sánchez se acerca, resbala sus dedos por mi espalda, me hace girar. Sus gestos desbordados lo delatan: sigue primero el compás de la sangre, luego la música como si quisiera poseerla, con esa hambre adolescente que a veces nos vuelve un poco torpes creyendo que en un giro inesperado encontraremos la sorpresa.
No baila bien, baila mucho, dice Magui, su mujer, la única que conoce todos los giros que arman y desarman al personaje.
Alberto invita a las mujeres de la mesa con un gesto y todas obedecen, lo rodean; seguimos sus movimientos como serpientes a la flauta. Va bailando con una, con otra, su vanidad, su alegría. Y una puede ver qué le seduce: toca una mejilla, besa una mano, acaricia una cintura. Se suelta al ritmo de Celia Cruz: Alberto sabe, siente que la vida es un carnaval y busca manos, brazos, ojos con quienes compartirla ahí, en ese instante donde nada importa sino moverse, entregarse entero a la música que ya revienta desde dentro, ser otro, abandonarse en el otro, el que se tiene en los brazos.
Una de las mujeres lo lleva al rincón, le da masajes en las manos, acerca su prominente pecho al suyo. Las demás aprovechan para beber, comer algo. Yo sigo bailando sin dejar de reírme. Mi pareja también sonríe. Es sincero. Le divierten los francos, desmesurados, casi ingenuos juegos de seducción del alegre personaje.
Si atado a una corbata es desinhibido, sin ella, sobre la duela, acompañado por un par de tumbadoras, una clave y una mujer, Alberto enloquece. Se desfigura: gira, salta, rompe todos los gestos del rigor y pierde la noción de tiempo, de espacio. Se transforma, y transforma: la mujer que baila con él sonríe con esa especie de mueca que sólo el nerviosismo sostiene.
Se oye un merengue y se apodera de Alberto: su enorme anatomía parece sacudir todas las cosas dichas y no dichas, la historia: el título de doctor, de escritor, los ojos envidiosos. Su cara se chorrea, el cabello gris se parte en gajos gruesos, húmedos. Aquí es cualquiera, y es él, más él que en ningún podium. Le gusta ser el centro, el vórtice de esa revuelta de los sentidos. Se mueve entre todos, hombres y mujeres, sin temor al espejo que lo condene, al dedo que lo señale.
Todos en la pista hemos perdido compostura, el saludo oficial, la sonrisa de comitiva. El agua deshace las máscaras, el polvo que los desiertos acumulan en la piel.
La música termina. Alberto desaparece. Nadie se mira. Todos parecemos transitar a lugares imposibles: los sitios donde cada quien crea su propia “ración de eternidad”.
El Pollo regresa sin camisa, con papeles de estraza pegados al pecho, entre el saco y la piel mojada. Sus ojos y labios vuelven a bailar con cada una al despedirse.