julio 27, 2008

De boca en boca

Me mira decidido. Se acerca. Pronuncia mi nombre y su voz se hace humo en el aire. Las otras mueren de celos, lo sé. Con la seguridad de quien tiene gustos precisos, me toma de la cintura, me arrima hacia él. Puedo oír las pisadas de su corazón caminar por las venas de su cuello. Sonríe. Casi toco sus labios carnosos. La mano derecha me abraza con firmeza y me sube al auto. La izquierda me desviste despacio como si temiera lastimarme. En un beso amplio, profundo, cubre mi desnudez y absorbe la escarcha que tantos meses de espera han dejado en mi cuerpo. El frío casi lo quema, pero no se retira. Sube por mi pecho, baja. Al navegarme, su lengua se va llevando mi piel, toda mi agua. Dentro de él, deshago los sabores revueltos de su boca. Ya no soy yo: soy el líquido vivo que lo habita.
No puedo contenerme: me escurro silenciosa entre sus dedos.
De pronto, una voz lo separa abruptamente de mi cuerpo:
⎯¿Me dejas probarla?
La mujer que acaba de entrar al auto me arranca de su mano, me mete completa en su boca y se lleva de una mordida mi congelado corazón de fresa.

julio 20, 2008

El beso

María toma el lápiz labial y comienza su trazo, lento, delicado, exacto. Dibuja sobre la boca una sonrisa amplia; unos labios más rojos, más gruesos que los suyos. Antes de salir, toma un pañuelo desechable, le da un beso y lo deja caer dentro del escusado. Sonríe al mirar en el agua el mapa de su boca. Sale.

Luis entra para llevarse las pocas cosas que dejó la noche de la disputa: unos libros, dos suéteres, un par de zapatos. Mira la pared amarilla, el cuadro que compraron juntos. Sus cosas, en una bolsa, al lado del sillón azul donde María lo desnudó por primera vez. Sí, la extraña. Tres años de risas y juegos y complicadas escaramuzas verbales perdidos. Todo por la huella del beso que Ana dejó en los cuellos de él y la camisa esa tarde de premuras. Luis se despide de la habitación con un parpadeo, como si tomara una fotografía. Antes de salir, pasa al baño, levanta la tapa del inodoro y se contiene. Los labios de María parecen hablarle desde el fondo. Luis sumerge la mano. Un trozo de papel queda deshecho entre sus dedos, pero la boca húmeda le sonríe completa sobre la palma. Lentamente se lleva el pañuelo hasta los labios, lo oprime. La lengua traza las curvas de la falsa sonrisa y penetra por su centro. Al tocar su propia piel, Luis se siente ridículo. Escupe. Sacude la mano, la talla sobre el brazo, el pantalón, hasta que el último trozo desaparece de su palma. Descarga la vejiga, recoge la bolsa y sale.

Ana lo espera en el café de la esquina. Sonríen. Se besan. Ella percibe un ligero olor a baño público en la boca de él, pero no dice nada. Luis le pasa el brazo por los hombros, casi le toca el pecho cuando ambos descubren una mancha de labial en la manga de la camisa húmeda.

julio 14, 2008

Wish you were here

De nuevo el largo pasillo. David camina mirando las figuras desgastadas del centro de la alfombra. Sabe que no puede hacer otra cosa. No hay puertas. No hay salidas de emergencia. El corredor y él se doblan a la izquierda. Las pequeñas lámparas incrustadas en la pared, casi en el piso, le recuerdan las de un cine: sólo puede ver sus propios pies y las enredaderas y flores sucias que se repiten cada dos pasos en la alfombra. El pasillo lo obliga a doblar nuevamente a la izquierda. Una vuelta más y hallará la única puerta que hay en esa oscura herradura. Esta vez David presiente que encontrará algo distinto, una luz, un espejo. Extiende los brazos y alcanza a rozar las paredes lisas con los dedos. En ellas no hay nada: cuadros, lámparas, bordes, ventanas. Como siempre. No sabe cómo ni porqué termina ahí dentro cada noche. Cuando abre los ojos, aparece en el maldito pasillo. ¿O es cuando los cierra? Lo extraño es que nunca recuerda haberse dormido ni despertado. Sin el temor ni la angustia de los primeros días, sigue el último giro del corredor. Al fondo distingue la raya de luz debajo de la puerta y sonríe. Deja de mirar el suelo, de tocar las paredes. Escucha un viejo radio, una guitarra: seguro es el despertador que está programado con su ipod. Sin darse cuenta, ya está silbando I wish you were here . Camina más deprisa, contento: sabe que todo va a terminar pronto. A unos pasos de la puerta, la voz de Gilmour se oye nítida: Do you think you can tell... David se detiene, cuando gira la perilla lentamente, recuerda que no tiene grabado nada de Pink Floyd, que no sabe inglés y, sin embargo, entiende: cold comfort for change? Abre la puerta con el corazón punzándole en los dedos: la luz lo enceguece, a tientas da un paso, y otro, y otro: no despierta. La música sigue sonando en otra parte, detrás de los muros. Reconoce su voz: How, how I wish you were here...

julio 10, 2008

¿Por qué los porqués?

Alguien me preguntó, ¿por qué los porqués? Quiero pensar que somos muchos quienes nacemos con un signo de duda entre las cejas. Y crecemos y miramos con él, por él, a través de él, y se nos hace arruga, y no hay botox que pare el torrente de preguntas. No importa las respuestas que obtengamos, se reproducen como conejos: una provoca otra, y otra, y la respuesta, diez preguntas más. Todo comienza como un acto natural de curiosidad y aprendizaje, luego se vuelve un hábito, más tarde un vicio y puede terminar, como en mi caso, en obsesiva compulsión. Sí, me pregunto continuamente cosas inútiles, cosas que bien podría vivir sin saber su respuesta, pero que, por razones inexplicbles, NECESITO saber, como si de ello dependiera mi supervivencia. Y así salto de libro en libro, de blog en blog, de you tube a cualquer cantiad de basura en línea. TODO me interesa. Por supuesto puedo decir, sin mucho orgullo, que tanto querer comprender las tripas del mundo, tanta lectura cesuda me ha llevado a ser aprendiz de todo y una eficiente maestra de nada. Lo peor es que ni siquiera puedo presumir mis chequidatos en reuniones sociales: tengo una pésima memoria, se me olvidan títulos, autores, nombres de teorías, aunque recuerde muy bien sus contenidos, su vida entera, sus puntos esenciales. Entonces ¿qué sentido tiene tanta pregunta, tanta búsqueda, tanta información inútil? Un amigo escritor me dio la más literaria (y mamona) respuesta: para escribir. Quizá tenga razón. Después de todo, aquí estoy, preguntándome el porqué de los porqués, escribiendo estos debrayes sin sentido.

julio 07, 2008

De planta

Me levanto, me pongo la bata y las pantuflas rosadas. Me mojo la cara para borrar la última arruga de la sábana impresa en el cachete, tomo el cepillo y busco en el espejo los rastros de sueño en los caprichos y necedades del cabello. Vuelvo a mirar: no aparezco. Me muevo: nada. Ni la cabeza, ni el cuello, ni la pijama ridícula que me regaló la abuela. Sólo veo con claridad la pared a mis espaldas, el cuadro a punto de caer. Me pego al vidrio, soplo: no se hace vaho ni deja marca la punta de mi nariz. Grito: no oigo nada. Vuelvo a gritar. Inútil. Me asomo a la ventana, grito de nuevo, hago señas a la vecina que cruza la calle, al vendedor de periódicos. Nadie voltea. Una señora por fin se detiene. Saca un papel y una pluma, mira por arriba de mi cabeza, anota algo y se va. Hay un letrero en la ventana, saco medio cuerpo para leerlo y reconozco mi letra:
SE SOLICITA MUJER DE PLANTA.
Resignada, esperando que aparezca, me siento a buscarme en todos los rostros que circulan por la calle.

julio 04, 2008

Güerita color de llanta...

Ser güerita en México es un estigma, y en mi historia personal, una contradicción de clase. En mi época de estudiante, a fines de los ochenta, era imposible ser güerita y socióloga, güerita y de izquierda, marchar en manifestaciones estudiantiles y ser miembro de grupos clandestinos (sí, lo confieso, era bastante idealista y revoltosa, la edad y la derruida izquierda mexicana me han aplacado un poco). Era inadmisible ser güerita y pobre: viajar en el metro, usar huaraches, colgarse el morral con libros de Gramsci. Ser güerita, en los 80’s, sin el copete hiperparado y en semejantes andanzas era considerada una pose hipiesca ya muy pasada de moda. Si además una medía más de 20 centímetros que el promedio, el racismo invertido era inevitable: eras señalada como una espía de las clases “altas”, los compañeros, colegas, congéneres te juzgaban, te miraban las tetas (en eso sí eran democráticos, hay que admitir) te llamaban fresa (no puedo creer que en esa época realmente me ofendía tan insulso calificativo), aunque anduviera sin un peso (su papi la ha de tener castigada), no llevara lunch (su mami ha de estar muy ocupada jugando canasta), o leyera en puras fotocopias. Las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Pese a la caída del muro de Berlín, la desacreditación de las izquierdas y la escasa matrícula en sociología, la contradicción de clase subsiste: una no puede ser güerita y mexicana y pobre. Mucho menos escritora, salvo que escriba sobre las aburridas andanzas de las niñas bien o describa, cual Munch en pasarela, el último grito de la moda. Por supuesto es absolutamente inconcebible ser güerita e inteligente. (Esta sí es una percepción mundial). En el metro, en las calles del centro, en la cantina me miran de reojo, con la desconfianza de quien puede ser un infiltrado o, en el mejor de los casos, una curiosa gringuita que cree ser liberal y cool con sólo juntarse un día con la raza.