noviembre 14, 2007

¿Por qué uno escribe?

Escribir es un riesgo: duele, no el desnudo, la carne expuesta, sino el hueco, los precipicios construidos, lo no dicho. Escribir una novela es un caer al vacío con plena conciencia de los pasos que se van dando. No hay tierra firme en la creación, verdad de Perogrullo. Tal vez la única diferencia entre escribir poesía y narrativa sea la conciencia del despeñadero: el intento por estructurar y hacer legibles, palpables, los extraños universos que nos habitan o acosan. Pero la mentira nos acecha, la mentira que toda realidad guarda en el ojo de quien la mira: somos observadores de un mundo alucinante, y el nuestro, el que intuimos y nos empeñamos en describir, se nos desvanece entre las manos: no parece ser sino un destello instantáneo, la sombra fugaz que nos persigue, que debemos expulsar antes de que el sol la pudra en nuestras venas.
Para Paz “La creación consiste en sacar a la luz ciertas palabras inseparables de nuestro ser” . Pero Stravinsky va aún más allá: “Toda creación presupone en su origen una suerte de apetito que es traído por el presagio de un descubrimiento. Este presagio del acto creativo acompaña la intuitiva comprensión de una entidad desconocida que ya se posee pero que aún es ininteligible, una entidad que sólo tomará una forma definida con una constante y cuidadosa técnica.” Y esta premonición no es algo fortuito o accidental, es una necesidad interna de sacar a la luz, dar legibilidad aquello que se intuye. Tal como a Stravisnky , este presagio de deber, de placer, el descubrimiento y duro trabajo es lo que me atrae como escritora.
En una novela, más que en la poesía, uno libra una batalla constante entre la intuición y el intelecto, la piel y la cabeza. Es la fuente circular, védica, barroca o minimalista que elegimos construir para contener y exhibir el caótico flujo de esos oscuros impulsos de la imaginación, de la mente observando a los otros, siendo otra, de la luz turbia del agua del cuerpo: la lengua que uno crea para probar las probabilidades del mundo.
Escribimos la obra que desearíamos leer, decía Rulfo. Así, al escribir esta novela fueron apareciendo, no siempre con conciencia de ello, muchos de los elementos que busco y me causan placer como lector: misterio, equívocos, erotismo, muerte, poesía, música, personajes oscuros, historias ensambladas en un prisma de tiempos y espacios divergentes.
Mi propósito al escribir Manos era contar, en distintos planos narrativos, la historia de dos mujeres con vidas paralelas, un hombre que las observa y un crimen que los enlaza; construir un escenario donde el tiempo pareciera avanzar cronológico y simultáneo y, sin embargo, se mueva en distintas direcciones. Ésta es una novela donde la realidad se presenta tal y como suele pasar ante nuestros ojos: fragmentada, inasible para los personajes que se empeñan en hallarle sentido a los pedazos a través de sus acciones y reflexiones con un lenguaje totalizador, absoluto: poblado de todos, nuncas, nadas, siempres, donde la percepción del tiempo, tanto en los personajes como en el lector, va cambiando al paso de las hojas hasta desvanecerse por completo en la última página.
Manos es una novela de desencuentros y espejos, de acciones paralelas y ritmos diversos, por ello está construida en breves escenas que permiten entretejer las tres líneas narrativas, acelerar la acción, detenerse, saltar de un espacio a otro observando las correspondencias y rupturas entre los personajes y sus acciones. Recursos narrativos como la construcción de frases cortas, la propia sintaxis, la eliminación deliberada de nombres y lugares juegan un papel importante para enfatizar la indeterminación, el ritmo interior y la aridez de los personajes y del paisaje mismo. Todo visto a través del espacio mínimo de una cerradura.
La ambigüedad en la novela tiene dos propósitos claros: por un lado crear en el lector una suerte de impulso por resolver el misterio, y por otro, abrir realidades paralelas en distintos niveles de lectura que dejo a la creatividad de quien las descifre.
El presagio inicial ha tomado forma: pero estoy conciente de que toda novela no es más que una sombra: el espacio bidimensional que intenta dar cabida a las múltiples dimensiones que confluyen en el acto creativo.