octubre 19, 2009

Como besos de sal en el fuego

© Rosa Borrás Autorretrato vivo

La historia que quiero escribir está aquí, regada en la piel, entre mis cejas, en la uña más brillante y clara de mi ojo. Se estrella en mi cráneo como una ecuación irresoluble. Se quiebra. Esconde alguna de sus piezas en la palma de mi mano, en los pellejos de mis dedos. Llevo años buscándola, escribiendo rutas equívocas en cuerpos de otros. Hoy sé que está aquí dentro, en la jaula de mis costillas, palpitando como pájaro en celo sin más alas que las suyas. Y está más abajo, en este saco que nunca ha guardado una vida, que teme secarse, morirse de sed. En este hueco donde el corazón y la carne crecen sin mesura, donde se revientan y sangran las heridas milenarias de todas las mujeres, donde entran y nacen todos los hombres.

En mis cuatro labios, como besos de sal en el fuego, crepitan fragmentos de esta historia que aún no he sabido descifrar.

octubre 01, 2009

Literaturas


Bosques enteros de árboles caídos, unos sobre otros. Moho entre las vetas, aire fresco buscando una salida entre las ramas. Bosques llenos de ecos, de pasos agigantados que buscan en el lodo dejar huella; pasos que quiebran hojas por el gusto de oír su canto moribundo. No van a ningún lado, son pisadas que nadie sigue, que se persiguen, se borran a sí mismas.

Pero ahí, quietecitas, como mariposas monarca durmiendo sobre troncos, están las palabras vivas. No hacen ruido. Su huella es la estela de colores que deja en tus ojos cuando vuelan. Palpitan en labios y lenguas. No temen a la muerte porque han nacido de su propia tumba.

Por ellas, sólo ellas, vale la pena tanto bosque.

septiembre 09, 2009

Despedida

Era la despedida. Lo intuía, lo había sentido en la boca al despertar cuando al mirarme probaste un poco de aire sin soltarlo. No me tocaste, tal vez yo ya era un recuerdo para entonces.

Nos sentamos, uno frente al otro, sin ninguna palabra sobre la mesa. Yo tomaba el café negro en una de las pequeñas tazas que te había traído de mi primer viaje y tú, como para sustituir carencias, bebías en un enorme jarro, el de siempre, lo de siempre: café tibio, con leche y mucha azúcar.

Mientras te observaba desperdiciar nuestros últimos minutos hundido en un papel al que poblabas de minúsculas cruces rojas, me preguntaba si había algo, además de tu cáncer, que nos hubiera unido estos años. Cuidarte era mi profesión y mi gusto. Pero tú nunca quisiste una enfermera. Tampoco una mujer.

Cuando mi café era ya sólo un pequeño charco frío, pensé en marcharme, pero antes quise mirar, despedirme de todo: tu silla preferida, del libro sobre el tiempo, de la ventana que no daba a ningún lado. Adiós, te dije. Me acerqué para besarte pero cerraste la boca: tal vez no querías quedarte con ningún sabor amargo.

Te acompaño al metro, me dijiste. Al salir de la casa tomaste mi mano en silencio. Caminabas aprisa, me llevabas detrás de ti como a una niña que se ha resignado ir al colegio. En la estación, nos paramos al final del pasillo. Por dos o tres minutos me quedé inmóvil, esperando tu adiós, que me sacaras de tu vida. Y lo hiciste de la manera más inesperada y dolorosa: sin mirarme, me soltaste, diste dos pasos y te lanzaste sobre las vías. No hubo tiempo de parar el tren, detenerte.

No pude, no he podido despedirme. Todas las noches tu imagen deshecha me despierta.

septiembre 01, 2009

Desbocados

Una sobre otra, las bocas se confunden: abrazan los bordes, los rebosan, derriban el horizonte encendido de sus líneas. Rompen olas sobre las playas de la lengua, se sumergen entre la sed y el océano profundo que las bebe. Los labios encarnan, uno en el otro, prueban la mezcla de sal y de secretos, ríen, acarician la piel adormecida: se desprenden.

Lentamente vuelven a ser boca.

agosto 20, 2009

Desde la orilla

A Mayán, por su renacimiento.

Esperas. Hace frío y el abrazo aún no llega. Te has puesto la chalina rosa mexicano para no confundirte con las francesas. Para que él no te confunda con las francesas. Pero no hay nadie en el Sena. Solo tú y el aire helado que congela tus suspiros. Miras el reloj. Más de media hora. Decides esperar diez minutos. Sólo eso. Tal vez sus citas, el metro, su atrabancado andar por la vida. Pero sabes que tu hombre, es un hombre de salva. Aparece en un fugato y se disuelve mucho antes de la coda. Lo has sabido siempre. Y, sin embargo, hoy esperas. Imaginas que esta tarde es distinta a todas las tardes, que él llegará y se arrinconará en tus brazos, y se quedará ahí hasta que los dos duerman y se busquen de nuevo entre los sueños.

Ha pasado una hora y tú sigues imaginando. El agua se eriza con el viento, no deja de correr y tú la envidias por tener un rumbo, un ritmo inalterable. Tu corazón, en cambio, se fatiga muy pronto. Ahora mismo crees escuchar sus tropiezos en el pecho. Tus ojos quieren hundirse en el río, pescar del fondo las respuestas a todas las preguntas que se pasean por tu cráneo. Y es una sola, tremenda, la que aparece en la superficie. Sientes el frío quebrar tus huesos. Un hombre, tu hombre, baja la rampa deprisa, pasa junto a ti, te llama mirando el cuerpo que sigue el lento ritmo del Sena. Reconoces la chalina rosa mexicano que flota como bandera vencida junto a los restos de un naufragio.


(Píquenle a la foto para que la vean mejor)

agosto 11, 2009

Ciclo vital

Escribe.

Cantos de ave, pequeños ruidos del día.

El cielo escucha y se abre.

Todo está dispuesto: la luz, el aire, la piel.

Pero alguien la llama al otro lado de la montaña y la distrae.

Una voz apenas conocida.

Ya deseada.

Ella hace como que no oye, pero oye. Y el sol cae de bruces en su cara: es tarde.

La voz le hace cosquillas en la oreja, se le enrosca por el cuello, baja. Huele a humedad.

Viene la tormenta, sospecha.

Y cae. En segundos. Ahí, junto a su miedo. No entiende cómo, tan de repente. Toda el agua que por años esconden los desiertos.

La voz se mezcla entre los ruidos de la lluvia golpeando los tejados, la salpica.

Desaparece.

El cielo se cierra.

Ella besa el último labio de agua que ha caído en su boca.

Una nube pasa muy cerca y le borra los ojos. No ve, no escucha. El pánico le llega por la ventana abierta. Qué frío le viene de fuera. Qué rosticería la de su carne. Y el sol hace rato que se fue sin despedirse. Nadie mira qué bonita puede ser la cara de su miedo, sus ojos nublados, las enormes alas que sostienen su cabeza. Y ella que no cesa de abrir puertas, encender luces, quitar candados, romper el hilo de todas sus historias.

Hoy cierra su ventana.

La noche madruga.

Pasan horas.

Muchas.

Una voz le acaricia su oreja y la despierta.

Al abrir los ojos, encuentra el universo adormilado. Lo escucha en dos o tres pájaros, lo descifra en un bostezo. Ahí está, para ella, en la ventana que abre, en el viento, en el sol que comienza la ruta del día sobre sus muslos. La voz se le ha metido dentro. La reconoce: es suya. Sólo de ella.

El cielo escucha y se abre.

Todo está dispuesto:

La luz, el aire, la piel.

Una hoja, un lápiz.

Escribe:

agosto 04, 2009

Agua

La alberca está casi vacía. El único árbol del paisaje atraviesa la ventana y se mueve en pequeñas sombras líquidas que las manos de Andrea disipan. Una brazada, dos, respira. La velocidad y el sonido del agua no son suficientes. No puede escapar de los ruidos que la arañan dentro: la risa de Norma, el rechinido de la puerta, los gritos de su padre segundos antes del infarto.

El silencio.

Después de dos horas, Andrea sale de la piscina agitada. Las piernas le tiemblan. Antes de entrar al vestidor, mira la larga ventana que detiene el viento y la arena; detrás, el árbol y sus ramas enloquecidas. Siente escalofrío. Una gota que le escurre por el hombro la distrae, llega al codo, sigue hasta el dorso de la mano. Andrea acerca los labios y la desaparece. En el vestidor, alguien la llama:

—Hola, pequeña.

Los labios recién llegados secan los suyos, sus pechos, toda la piel que no para de gotear.

En la cama que fue de su madre y de su padre, de su padre y de Norma, de la viudez guardada unas semanas, su antigua madrastra le moja de nuevo el cuerpo con la lengua, le busca el agua. Andrea muerde las sábanas, intenta descifrar las figuras que el polvo y la humedad han formado en el techo: no quiere mirar, hacer ruido, siente que su padre está ahí, quieto, detrás de la puerta que él abrió el día que llegó temprano, el último de su vida, y que ahora atraviesa como sombra por un cristal y le moja los ojos con el agua de sus ojos muertos.

julio 29, 2009

Ángel

Abro los ojos y aparece un ángel. Enorme, hermoso. Una luz se tuerce detrás de sus alas y me deslumbra. No dejo de temblar cuando me abraza. Ahora sé que lo había esperado cientos y cientos de años. Sus manos blanquísimas me acarician la espalda como un par de nubes de primavera. Su pecho escucha atento el ritmo del mío. No sé cómo, me hace llama entre sus brazos sin quemarlo. Soy incendio que Ilumina la habitación en un instante. La sombra de mi silla desaparece. La de sus alas.

Juntos, abrazados, ángel y yo somos una criatura descomunal, luminosa, poderosísima, capaz de abrir y cerrar cielos, crear multitud de soles, mover los rayos de la luna fuera del mar, ser el mar entero. Y la luna. Y las flamas que desprende el mediodía.

En silencio, el ángel se despega de mi pecho y se lleva un trozo de mi carne. Las sombras vuelven. El ardor. Él anuncia su partida y extiende sus alas. En ellas descubro pedazos de piel seca llenos de letras pequeñitas. Miles de historias inconclusas. La mía, demasiado fresca, mancha de rojo su ala izquierda. Y la olvido completa cuando, ya en el aire, el ángel cierra mis ojos de un soplo.

julio 19, 2009

Alma gemela

Vienes a mí hecho pregunta. Desnudo, abierto como una mano que ansía ser leída. Aunque lo nuestro dure siempre, no hay futuro, lo sabemos. Sólo estos momentos que se extienden en tus ojos como falsas promesas, siempres, nuncas, luces de Bengala en un cielo de cartón.

Acercas tu boca, te beso, y nos sorprende el lenguaje apurado de los cuerpos donde todo coincide: los latidos, la sangre agolpada, el contorno carnoso de las bocas. Como la mirada de nuestra madre esta mañana, el filo de luz que penetra entre las cortinas se empeña vanamente en separarnos.

Sobre una cama anónima, lejos de casa, de mamá, festejamos nuestro cumpleaños: hacemos el amor toda la tarde con la certeza de volver a ser uno, como los fuimos hace dieciséis años, dos horas y unos cuantos segundos.